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Guste o no el balance que de sus primeros 100 días en la Presidencia hizo ayer, Andrés Manuel López Obrador cerró su mensaje con una eficaz proclama esperanzadora: “Vamos a seguir construyendo entre todas y todos la bella utopía; vamos a seguir caminando hacia ese gran ideal de vivir en una patria nueva, libre, justa, democrática y fraterna…”.

Con tan excelente remate, lo que sobró fue la promesa precedente de que “nunca jamás claudicaré. Antes muerto que traidor” (porque lo relevante habría sido que dijera lo contrario).

La utopía es un plan, un proyecto, una doctrina deseables pero de muy difícil realización. Es la “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Un gobierno político tan perfecto e idealizado que es prácticamente imposible llegar a él. La palabra proviene del helenismo Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto”. Traducidas, sus raíces griegas significan no y lugar: no-lugar o no hay tal lugar“.

En su libro Utopía (1516), Tomás Moro (teólogo, político, humanista y escritor inglés; poeta, traductor y canciller de Enrique VIII; abogado y detractor de la Reforma protestante, decapitado por no volverse antipapista y oponerse al divorcio del rey con Catalina de Aragón, santo universal de las iglesias católica y anglicana) da ese nombre a una isla y a su población ficticia.

La palabra se volvió común cuando se quiere aludir a una sociedad política ideal (la idea se remonta a la República de Platón), un sistema deseable, aunque difícil de realizar.

Variante dialéctica de lo mismo es lo que Carlos Marx proponía para cuando se agotaran las etapas del socialismo (todos los laboratorios del mundo fracasaron) y el comunismo (que nunca se instauró): la desaparición misma del Estado, paraíso de libertades en que la sociedad recibiría “de cada quien según su capacidad” y a cada cual se le retribuiría “según su necesidad”.

Lo imaginativo de la utopía no debe desilusionar. La Constitución es utópica en gran medida porque una cosa son los derechos y obligaciones y otra la realidad.

Menos filosófico y legalista, del sabio Froylán M. López Narváez aprendí que se vive no para lo que se tiene sino para los pendientes: la película por ver, la felicidad por alcanzar, el libro por leer, las vacaciones por disfrutar, el viaje por emprender.

Prefiero a López Obrador alentando a la utopía y no, como tan claro lo tiene Héctor Aguilar Camín, dragoneando porque, así como no existen los dragones, no se ha terminado con la corrupción, con la violencia o con los enconos sociales; ni el pueblo es “bueno y sabio” ni las consultas son democráticas ni se ha terminado con la pobreza, por más que el Presidente hable como si ya todo fuera dicha y placer.

En rigor, la cuarta transformación es la isla de Moro que todavía ni siquiera emerge del mar…