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Hoy hace un año, El Piojo Herrera tocó el cielo en una tarde simbolizada por una imagen fantástica. El defensa Paul Aguilar saltó para abrazarlo después del segundo gol contra Croacia y derribó al técnico de la selección, enloquecido porque lo increíble se estaba haciendo realidad en el Mundial de Brasil. El triunfo rotundo, güevudo y muy divertido.

Luego las aguas regresarían a la normalidad de derrotas, empates y algunas victorias. La gris regularidad del futbol mexicano. El problema para El Piojo es que parece que nunca se enteró de lo que Mario Vargas Llosa escribe en el libro La civilización del espectáculo: que los espectadores de este tiempo son crueles, no tienen memoria y, por tanto, tampoco remordimientos.

Christian Martinoli, otro fenómeno de nuestra sociedad del espectáculo, me dijo ayer a propósito de su interesante enfrentamiento con El Piojo por las miserias en la Copa América, que las cosas le empezaron a explotar dos domingos atrás, cuando tuiteó a favor del Partido Verde en pleno día de elecciones.

Martinoli podría tener razón, pues supongo que pocos mexicanos pensarán que el fervor del técnico por el Verde se deba a las convicciones políticas y no al dinero. Percepción que empeora con el dato de que 93% de los electores no apoyan al Verde.

Pero creo que la crisis de El Piojo tiene que ver, más bien, con el hecho de que sí creyó que podría decir y hacer cualquier cosa siempre. Que la vida le deparaba un perpetuo aplauso del espectador por interpretar a un personaje complaciente y autosatisfecho, que además mentaba madres como nadie: por ser un gran histrión.

Y, en efecto, se sirvió de su fama para hacerse más famoso y rico. Y hacer más famosos a políticos como el chiapaneco Manuel Velasco. Y más ricas a instituciones como la Federación Mexicana de Futbol. En una circunstancia así, es incontrovertible lo que Martinoli me dijo ayer: “Por un minuto de fama, El Piojo hace lo que sea”.

La súbita decadencia de El Piojo como figura del entretenimiento y la frivolidad no es muy distinta, digamos, a la del Vicente Fox dicharachero y alegre de la campaña del 2000, comparado con el Presidente de la República que arrastraba la lengua a partir del 2002. Y podría servir de alerta a grandes histriones que pronto deberán darle resultado a ciudadanos, no a espectadores. Pienso en El Bronco que se asume como estelar de un chilaquili western de los hermanos Almada, en Cuauhtémoc Blanco del “me los chingué”.

La generalización de la frivolidad puede ganar elecciones. Pero el encanto se rompe en cualquier momento. Entonces el histrión deja de ser rey para quedar a merced, no de espectadores, sino de ciudadanos enfurecidos.

Aguas, histriones.

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