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Fiel al linaje inconformista del vasconcelismo, donde se encendió como joven, Manuel Moreno Sánchez hizo la política que su tiempo le pedía, pero siempre con el propósito de cambiarla, de hacer una diferencia respecto del mundo que había heredado.

Su influencia en la conformación de la vida pública del México moderno apenas puede exagerarse, aunque apenas se ha señalado.

Le oí contar alguna vez que al llegar al poder el presidente López Mateos (1958), el dilema que enfrentaban como gobierno era profundizar la Revolución mexicana o continuar la modernización capitalista. El camino de Cárdenas o el camino de Alemán.

Optaron por lo primero: fortalecer al Estado, perfeccionar el monopolio petrolero, nacionalizar la industria eléctrica, crear los libros de texto gratuitos, recontar la historia patria como un solo trayecto épico y triunfal, de la Independencia a la Reforma y de la Reforma a la Revolución.

Con López Mateos, Moreno Sánchez eligió el camino de un Estado fuerte en lo económico y social, pero no tiránico. El tirano se le apareció en Gustavo Díaz Ordaz. La masacre de Tlatelolco lo sacó de su silencio. Empezó a escribir en los diarios para deslindarse de los excesos tiránicos del Estado que había contribuido a fortalecer y expandir. Quemó públicamente y dio inicio a la disidencia que terminaría 20 años después en la escisión del PRI de 1987 y la elección de 1988 que puso fin a la hegemonía del PRI.

Su voz crítica fue bien recibida por mi generación no solo por su valor disidente, sino por su fuerza pedagógica. Por primera vez un hombre que conocía por dentro el monstruo, el “PRI-gobierno” como lo llamaba él, contaba su experiencia, mostraba las entrañas del sistema, todo eso que unía por fuera de la ley a la Presidencia con el PRI, y al “PRI-gobierno” con su sociedad, en una larga estela de pactos tácitos, discrecionales, por su mayor parte impublicables.

Moreno Sánchez fue el primer verdadero disidente de aquel sistema semisoviético que fue el “PRI-gobierno”. Había críticos intensos del PRI, como Cosío Villegas, pero ninguno venía de haber creado alguno de sus engranajes, como Moreno Sánchez.

Quiso la ironía de la historia que dedicara la segunda parte de su vida a criticar y combatir algunas de las cosas que había ayudado a construir en la primera.

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