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Señor, de rodillas ante tu altar donde todos los días predicas, imploro tu perdón y confieso que soy de clase media. Espero comprendas las razones que tengo para serlo. Me explicaré: Al terminar la secundaria, mi padre me dijo que ya estaba en edad de trabajar y ayudarle con los gastos de la casa porque, además de mi madre, tenía seis hermanos menores a los que había que sacar adelante. Obedecí a mi padre. Tengo 40 años de trabajar sin parar.

Murieron mis padres, y mis hermanos salieron adelante, uno de ellos, el menor, hasta una licenciatura universitaria alcanzó a estudiar. Allá él y su conciencia. Yo hablaré de mí y de mi arrepentimiento de pertenecer a la clase media que no es grata a tus ojos.

En mis primeros trabajos, sólo me pagaban el miserable salario mínimo, que como tú sabes, no causa impuestos, causa lástima. Pero le echaba yo tantas ganas a la chamba que llamaba la atención de mis jefes o de mis patrones los cuales me subían de categoría y de sueldo. A pesar de esto, hubo días que apenas me alcanzaba para malcomer o regresaba del trabajo a la casa caminando. Ahora sé que éstas malpasadas fueron forjando, dentro de mí, el deseo de algún día poder comer en un restaurante de las cadenas Sanborns o Vips y la aspiración de llegar a tener un cochecito, de segunda mano, como el que ahora tengo.

Pero ya me estoy adelantando. Siempre con el deseo de ganar más dinero y la aspiración de que hubiera más comodidades en la casa, me di cuenta que tenía que tener una especialidad, una carrera, un título. Por no tener más estudios que la secundaria, ni más tiempo que la noche, tuve que elegir una carrera corta. Afortunadamente me era imposible estudiar una carrera universitaria, lograr una licenciatura de las que tú repruebas —en ambos sentidos—. Me puse a estudiar contabilidad de 7 a 10 de la noche en el afamado —en aquella época— Instituto Patrulla, en cuatro semestres obtuve mi certificado de contador privado.

Entré a trabajar en el departamento de Contabilidad de una empresa, las ganas de progresar me sacaron adelante. Antes del año me ascendieron de puesto y me subieron el sueldo. Mi aspiración era la de seguir ascendiendo. ¡Por mi culpa! ¡Por mi culpa! ¡Por mi grandísima culpa!

Una vez que mi hermano menor se tituló, pensé en casarme. Así lo hice. Como ya llevaba yo algún tiempo cotizando en el Infonavit, conseguí un pequeño departamento en una unidad habitacional que está a media hora del centro —pero de Puebla—. Nacieron mis dos hijos y tuvimos que dejar el departamentito, en parte porque no cabíamos y en parte porque en los días nublados se inundaba.

Nos cambiamos a un departamento un poco más grande que amueblamos en abonos chiquitos. Para que mis hijos fueran a un colegio de paga tuve que aceptar llevar la contabilidad de algunas personas, trabajo que hago los sábados, los domingos y una que otra madrugada. Gracias al cielo tengo una tarjeta de crédito que me ha permitido comprarles ropa a mi esposa y a mis hijos y una televisión de pantalla plana de 43 pulgadas, a 12 meses sin intereses. Llegué a sentirme orgulloso, no de ser de clase media, sino serlo sin estar en el buró de crédito.

Creo que no he avanzado más porque no he transado, confieso que no por honesto, sino porque no se ha presentado la ocasión. Por todo esto señor hoy pido tu perdón y también porque en mis sueños guajiros he tenido la aspiración de ser un empresario millonario, de los que explotan a sus empleados y evaden impuestos. De los que recibes en Palacio.

Campaña
Hay una campaña de desprestigio contra Andrés Manuel López Obrador, consiste en dejarlo hablar cada mañana.