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El panel de controversia con Estados Unidos y Canadá expone al gobierno mexicano al ridículo: debe probar científicamente que el maíz transgénico “perjudica la salud” y su cultivo daña a las variedades nativas o criollas por el supuesto riesgo de que “se deformen y se vuelvan estériles”.

Como sea, su siembra en el territorio nacional está prohibida, pero la producción de 27 millones de toneladas para consumo humano es suficiente para la elaboración de tortillas o tamales.

Hacen falta, sin embargo,18 millones de toneladas más para producir una gran variedad de artículos, muchos de ellos consumibles por personas y animales. Se importan de EU y son de maíz transgénico, donde lo consume la población, sin que se sepa de un solo caso de estragos a la salud.

Se venden en México alrededor de cinco mil productos que lo tienen como insumo, lo mismo pastas de dientes que edulcorantes, almidones, pastillas de casi todos los medicamentos, aceites de cocina, jugos, mermeladas, cremas de afeitar, carne de cerdo, pollo, barnices, pinturas y jabones, por citar algunos.

El problema con el maíz transgénico empezó a formalizarse en 2016, cuando un juzgado impuso la medida cautelar de prohibir su siembra y el impedimento cobró carta de legitimidad por fallo de la Suprema Corte de Justicia en 2021.

La satanización de lo transgénico (verbigracia Europa) no se limita a este cereal, sino a cualquier planta o animal genéticamente modificados (casi 100 por ciento de la soya de todo el mundo es transgénica), sobre la patraña de que pueden provocar “cáncer, malformaciones congénitas y abortos espontáneos”, lo que jamás ha sucedido en donde las personas consumen esos alimentos con toda naturalidad como China, Estados Unidos, Argentina, Brasil o Canadá.

Bien a bien, se ignoran los efectos de lo que se denominan inserciones de transgenes en el genoma y proteoma, pero, en el caso mexicano todo parece una defensa romántica y patriotera del maíz natural que, se sabe, es originario de Tehuacán, en el estado de Puebla.

En febrero, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador suavizó su inicial y extrema oposición (diciembre de 2020) a la importación de maíz transgénico, abriendo las fronteras para las importaciones destinadas al uso industrial y de forraje, a fin de evitar una batalla comercial con EU y Canadá en el contexto del T-MEC, pero al par de socios comerciales no les bastó la enmienda y lo que viene son seis o siete meses de discusiones para ver quién tiene la razón.

Gran, pero gran aprieto para quienes tendrán que presentar evidencia científica de una patraña: los integrantes del Grupo Intersecretarial de Salud, Alimentación y Medio Ambiente, entre quienes sobresalen el teórico de que “los cubrebocas sirven para lo que sirven y no sirven para lo que no sirven”, el impresentable Hugo López-Gatell, y la funesta directora del Conacyt que se propone “acabar con la ciencia neoliberal”, María Elena Álvarez-Buylla, quien incumplió con los ventiladores y la vacuna Patria durante la pandemia…