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Los venezolanos estaban hartos de los escándalos de corrupción y no entendían por qué si todavía en los años 80 habían sido un país tan próspero, habían bajado su nivel de vida en los años 90 del siglo pasado.

Ese hartazgo fue aprovechado por personas con muy malas intenciones y en 1992 el comandante de la brigada de paracaidistas, Hugo Rafael Chávez Frías, fracasó en su intento de dar un golpe de Estado al gobierno de Carlos Andrés Pérez.

La tolerancia social a este personaje forzó a que, dos años después, el gobierno de Rafael Caldera indultara a este golpista, sólo para que en 1998 ganara las elecciones con su, atención con el nombre, Movimiento Quinta República.

Los venezolanos estaban cansados de los partidos tradicionales, de los escándalos de corrupción, y querían un cambio… y vaya que lo obtuvieron.

A partir de ahí conocemos la historia de Venezuela, un país hoy sumido en una crisis humanitaria, donde no se respetan los derechos humanos y donde el sucesor de Hugo Chávez, el dictador Nicolás Maduro, se roba las elecciones y la Navidad.

Sí, la más reciente ocurrencia del sátrapa es adelantar la Navidad al 1 de octubre en agradecimiento al pueblo venezolano por su reelección.

Estamos ya ante ese momento megalómano en Venezuela en el que se cambia por capricho la Navidad; en México solamente, por ahora, se quiere cambiar la Constitución.

Siempre ha sonado exagerado para una mayoría comparar el Movimiento Quinta República de Hugo Chávez con el movimiento de la Cuarta Transformación de López Obrador.

Dos países hartos de los partidos políticos tradicionales y corruptos que escuchan el canto de las sirenas: “Pertenezco al pueblo de Venezuela”, Hugo Chávez. “Ya no me pertenezco, soy del pueblo de México”, López Obrador. Y muchas otras más.

Al chavismo lo separan del lópezobradorismo sólo 25 años de ventaja, porque lo primero que hizo el comandante al ganar las elecciones presidenciales fue cambiar la Constitución. Con ello, cerró la puerta a los controles, a los contrapesos y a la oposición.

Esa posibilidad no la obtuvo López Obrador con su triunfo electoral hace seis años, pero el poder del dinero presupuestal le ha dado a su movimiento esa opción en la LXVI Legislatura.

La pinza que le falta cerrar al régimen actual para hacerse de todo el control es el Poder Judicial y hoy, ahora mismo, estamos en proceso de ver cómo se adueña el lópezobradorismo de ese último reducto de la división de poderes.

Por supuesto que a los venezolanos de 1992 les sonaban exagerados los pronósticos de que su entonces nuevo mandatario, el comandante Hugo Chávez, buscaría convertirse en dictador.

Ellos sólo estaban hartos de la corrupción y la falta de liderazgo de los partidos políticos tradicionales y escucharon a quien les prometió algo diferente.

Sólo quien no lo quiera ver puede obviar las tentaciones autoritarias del Presidente que se va.

Lo que por ahora produce una enorme esperanza, o ceguera, es pensar que en México no hay un “Nicolás Maduro” que pudiera dar continuidad a una tentación autoritaria.

No, México no es Venezuela, pero las tentaciones autoritarias hoy sí se parecen.