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Aunque menor, éste es un trabajo de tema histórico. Para su escritura he recurrido a cuatro libros de tres historiadores. Citaré a los autores y el titulo de sus obras: José Fuentes Mares y sus libros Biografía de una nación y La revolución mexicana, memorias de un espectador; Ignacio Solares y su publicación Madero, el otro; cierra el elenco Paco Ignacio Taibo II con su escrito Temporada de zopilotes.

Hago esta advertencia para poder elaborar una narrativa sin acotaciones, comillas y aclaraciones de la procedencia del dato al que recurro.

Ahora, traslado al lector al 5 de octubre de 1910, fecha en la que Francisco Ignacio Madero y el Partido Antirreeleccionista replicaron a la nueva reelección de Porfirio Díaz, para el periodo 1910 a 1916, con el Plan de San Luis, que en su artículo 7º establecía: “El día 20 de noviembre, desde las 6 de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan”.

La convocatoria fue el origen de la Revolución mexicana, cuyo aniversario 104 hoy celebramos. No ha habido en la historia de la humanidad ninguna asonada o levantamiento de armas que anuncie la fecha y la hora de su inicio. Pero éste fue el primer eslabón de una cadena de errores que engarzó el señor Madero y que culminó con las muertes de su hermano Gustavo, del propio don Panchito y del vicepresidente José María Pino Suárez. Pero no nos adelantemos. Aquí sólo cabe hacer énfasis sobre el talante ingenuo del coahuilense. Su hermano Gustavo dijo, medio en broma cariñosa, que de todos los Madero fueron a elegir presidente al más tonto. Y es que El presidente Pingüica –así le dijeron por medir un metro 48 centímetros- era un hombre bueno. Pero como dice el refrán: caballo manso tira a penco, mujer coqueta tira a puta, hombre bueno tira a pendejo.

El llamamiento a la sedición tuvo, al principio, respuesta en el norte del país y de a poco se extendió por otras latitudes del territorio nacional. En la primavera del 1911 cayó Agua Prieta en poder de los revolucionarios y capituló el general Navarro en Ciudad Juárez, lo que precipitó los acontecimientos al grado que el 25 de mayo renunciaron Díaz a la presidencia de México y Corral a la vicepresidencia.

Pero Madero –el apóstol a quien la clase alta despreciaba y de quien las clases bajas recelaban- cometió otro error. No se asumió como vencedor de una revolución y acordó con el porfirismo dejar un presidente provisional, Francisco León de la Barra, para que convocara a nuevas elecciones. Además –su peor equivocación- permitió la supervivencia del Ejército federal, del Congreso y de la administración burocrática del porfiriato.

En noviembre de 1911 las urnas les dieron el triunfo a don Francisco I. Madero y a don José María Pino Suárez, como presidente y vicepresidente de México. El Enano del Tapanco –otro de sus apodos- aunque venía de una revolución triunfante fue un presidente socialmente light y políticamente descafeinado; rodeado de militares fieles al antiguo régimen. Su ingenuidad no le permitió advertir que quedó entre las garras del neoporfirismo.

Para colmo de males, como un ejemplo de que en todos lados se cuecen habas, el embajador de Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson, le mandó a través de su esposa –¡qué sería de los políticos sin la ayuda de sus cónyuges!-, que tenía comunicación con doña Sara Pérez, consorte de Madero, un recado con una petición sobre un negocio que su marido necesitaba que le proporcionara el gobierno de México que le dejara una ganancia de 50 mil pesos al año. Don Pancho Nacho ignoró el mensaje.

Eso bastó para que el gringo corrupto comenzara a decir que Madero era un lunático mentalmente incapacitado para dirigir al país.

En el año y tres meses que gobernó -es un decir- la mancuerna legalmente electa por el pueblo no pudo resolver el problema agrario, por lo que Emiliano Zapata emitió el Plan de Ayala, al que se adhirió Pascual Orozco. A eso habrá que agregar la rebelión de los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz –el sobrino de su tío-. Madero en vez de ordenar un juicio sumario y su ejecución, sólo los castigo en prisión. De donde salieron al amanecer del 9 de febrero de 1913. Reyes para morir en el intentó de atacar Palacio Nacional y Díaz para conspirar con el chacal Victoriano Huerta, quien se convirtió en traidor, instigado por el hipócrita embajador Wilson y en connivencia con los generales Mondragón, Blanquet, Delgado y Sanginés, así como los terratenientes y los ricos nostálgicos del porfiriato. Fue el responsable del linchamiento y muerte por la soldadesca de Gustavo Madero y de los asesinatos del presidente y del vicepresidente del primer intento de democracia en nuestro país en el siglo XX.

En las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México los nombres de Madero y Pino Suárez no convergen. Pero don Francisco y don José María están juntos en el altar de la patria en el compartimiento de los hombres humanitarios que, por lo mismo, no pueden llamarse políticos.