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En mayo del año pasado Emmanuel Macron asumía la presidencia de Francia en medio de grandes expectativas. Su juventud, su frescura y su capacidad para armar una opción política fuera de los partidos le permitieron iniciar su mandato con una popularidad superior a 60 por ciento. Incluso de este lado del Atlántico se llegó a decir, con cierta envidia, que faltaba un “Macron mexicano”.

Hoy el presidente francés enfrenta una grave crisis con una popularidad inferior al 20 por ciento. La gota que derramó el vaso y detonó las protestas masivas de los “chalecos amarillos” fue el intento fallido de incrementar los precios de la gasolina y el diésel. Pero los reclamos van más allá de este tema y son los mismos que han alimentado los movimientos antisistema en otras partes del mundo.

Si Macron llegó a la presidencia y contuvo las opciones más extremas de derecha y de izquierda fue gracias a la esperanza que generó. Sin embargo, lejos de atender los agravios acumulados por años, el presidente exacerbó el descontento con acciones que hasta ayer en la tarde iban contra las demandas de la gente.

Muchos de esos agravios son parecidos a los que tanto han indignado a los mexicanos: desigualdad, falta de empleo, abusos de los bancos y hasta las fotomultas. La gran diferencia en nuestro país es que el enojo por estos y otros asuntos —particularmente la corrupción— encontró eco y representación en la figura de Andrés Manuel López Obrador.

Macron no incorporó las exigencias sociales en su plan de gobierno y la indignación se desbordó. Para contener el enojo ayer tuvo que reconocer que ha dado la impresión de ser indolente. El presidente López Obrador, por el contrario, recogió el malestar social, lo hizo suyo y lo puso en el centro de su agenda de gobierno. Una gran diferencia en esa parte de la ecuación.

Ahora falta que, en los hechos, las expectativas se cumplan. Según Consulta Mitofsky, 52 por ciento de los encuestados piensa que el gobierno cumplirá todas o la mayoría de las promesas de campaña y 45 por ciento considera que los cambios se sentirán en menos de un año. He ahí la segunda parte de la ecuación que ahora le toca resolver al nuevo gobierno.