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Liz Truss quiso convertir a Inglaterra en el Singapur del Támesis, pero estuvo a punto de dejarla como la Caracas del Támesis. La primer ministra británica renunció apenas 44 días después de asumir su cargo. Ese breve periodo fue suficiente para tumbar la libra esterlina y subir el costo que paga el gobierno británico por su deuda. Presentó un plan económico que podría haber firmado una república bananera, eso sí, muy de derecha.

Truss queda como la tercera primera ministra de la era post Brexit. Sucedió a Boris Johnson en el cargo y consiguió romper un récord: es la premier que ha durado menos tiempo en el puesto. La marca anterior correspondía a Andrew Bonar Law. Él estuvo al frente del gobierno 210 días. Como coincidencia ocupó el número 10 de Downing Street hace exactamente 100 años, en 1922.

La dimisión de Liz Truss fue todo, menos sorpresiva. Su credibilidad quedó severamente dañada tras la presentación de un plan económico que llamó la atención por su imprudencia: generaba un agujero fiscal de más de 150,000 millones de libras esterlinas, sin detallar de dónde saldrían los recursos para financiarlo. La imprudencia fiscal iba acompañada por la falta de tacto político: en un momento durísimo para las familias británicas, la líder del gobierno conservador propuso una reducción de impuestos a las personas de más altos ingresos. Como cereza al pastel, decidió que era una buena idea eliminar los topes a los ingresos de los altos funcionarios de la banca. Esos techos fueron fijados luego de la crisis del 2009, como una especie de sanción por los excesos y malas prácticas detectadas en los grandes grupos financieros.

Las ideas económicas de Truss se nutrieron de los prados, situados en los extremos de la derecha británica y hacen eco de las políticas implantadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la década de los ochenta. Se pueden sintetizar en algunas formulas relativamente simples: si la economía está estancada, dale más a los más ricos y ellos se encargarán de gastar e invertir más. Eso traerá crecimiento económico. No te preocupes por el resto, tarde o temprano la prosperidad llegará a ellos.

Hace 40 años, esas ideas movieron a Inglaterra y viajaron por el mundo. Eran relativamente novedosas y tuvieron éxito, entre otras cosas porque se asociaban con palabras muy poderosas como libertad. ¿Qué pasó? No es lo mismo Margaret Thatcher en 1980 que Liz Truss, cuarenta años después. En esos momentos, las ideas de libertad eran poderosas armas para derrotar la amenaza soviética. Ahora, la libertad sigue siendo importante, pero necesita acompañarse de sensibilidad social y algo más que un mínimo de empatía hacia los que están pasándola mal. Estamos en el año 3 de la era covid, viviendo los coletazos de la invasión rusa a Ucrania. El Greed is Good (la avaricia es buena) de los años ochenta suena peor que viejo, tóxico.

Los planteamientos de Truss fueron vapuleados por los mercados que ahora exigen a Inglaterra que demuestre que tiene capacidad de pago. Habrase visto tal insolencia, diría el general Cresencio Sandoval. Así están las cosas: Inglaterra es un gran país, pero ya no es una gran potencia. El Brexit ha empezado a pasar facturas. Es la competitividad económica y las dificultades de mantener a raya la inflación que en septiembre se situó en 10.1 por ciento. Inglaterra mira a países de Asia como Singapur, como ejemplos de innovación y prosperidad en condiciones adversas. Puede asomarse a Venezuela y entender el daño que hacen las ideas anacrónicas. Sean de izquierda o de derecha.