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Estanflación. Esta palabra estuvo de moda entre los economistas en la década de los setenta y está de regreso, ahora que vivimos el año 2 de la pandemia. Estanflación es un vocablo híbrido que combina las palabras estancamiento e inflación.

Cada vez lo usan más los analistas de mercados, para explicar el nerviosismo reciente de los inversionistas. De estanflación hablan también algunos economistas, no los que pertenecen a la tribu de los optimistas, por supuesto.

La estanflación está al acecho. La cuestión es ¿qué tan cerca está de nosotros? ¿es muy pronto para hablar de ella? Tenemos indicios de que la recuperación económica se está enfriando, en México y el mundo. Las cifras de comercio entre México y Estados Unidos han decrecido en dos de los últimos tres meses y las ventas al menudeo y la actividad manufacturera han perdido fuerza, desde junio. En el caso de la inflación, todos los pronósticos están haciendo ajustes alcistas, en México, Estados Unidos y Europa.

Los precios de los energéticos están en niveles no vistos desde hace tres años y el valor de los alimentos alcanza registros no vistos desde hace 10 o 15 años. Mientras que el costo de mover las mercancías se ha multiplicado por cuatro. No hay solución a la vista en los cuellos de botella que se vive en los puertos por falta de contenedores; tampoco para el abasto de semiconductores. La combinación de factores externos e internos hace que la inflación de México esté muy lejos de las metas del Banco de México.

No es sencillo decretar que hemos llegado a un periodo estanflacionario, ¿cuánto tiempo debe durar esta combinación de inflación en ascenso y baja en el crecimiento para que los expertos acepten esta “realidad”?. En la década de los setenta, la combinación de inflación con estancamiento económico duró varios años, mientras que ahora llevamos apenas un trimestre. En los setenta, el mundo no estaba tan globalizado como ahora. Fue una crisis que estalló por varios factores, uno de los que más contó fue el nacimiento de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo, que forzó una alza sin precedente de los precios del oro negro.

En ese momento de gran incertidumbre no hubo capacidad de respuesta rápida de parte de los gobiernos y bancos centrales. El keynesianismo estaba agotado y la “solución” vino de una fuerte alza en las tasas de interés de la Reserva Federal de Estados Unidos. Entre los efectos secundarios fue un frenazo en la economía de Estados Unidos y el comienzo de la crisis de la deuda para muchos países emergentes.

La situación de ahora es mucho más compleja. Los analistas de mercados son los que más usan el término de estanflación para subrayar la incertidumbre que tenemos en relación a tres de las variables económicas más relevantes: inflación, crecimiento y tasas de interés. Sus análisis son valiosos para explicar movimientos de corto plazo y facilitan la toma de decisiones de los inversionistas, pero no son la verdad completa. Un economista serio requiere de tendencias más claras expresadas durante más tiempo para hablar de estanflación, para usar esa palabra setentera o “vintage”.

Por lo pronto, tenemos la pandemia y sus secuelas. Estamos actuando en un escenario donde abundan los signos de interrogación. ¿Cuándo podremos declarar victoria definitiva sobre el Covid-19? ¿Cuánto más subirán los precio del petróleo y el gas, ahora que viene el invierno? ¿Qué pasará con las tasas de interés de la Fed y que efectos tendrá en los países emergentes? ¿Podrá el masivo programa de inversiones en Estados Unidos disipar el riesgo de baja en el crecimiento económico? ¿Cuántos sustos más tendremos provenientes de China y la afinación mayor que está haciendo a su versión del capitalismo? ¿Podrá la 4T construir un puente con el sector empresarial que se traduzca en más inversión?