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“No espero nada, no temo nada. Soy libre”. Esta frase de Niko Kazanzakis resume al Luis González de Alba que conocí, quizá el hombre más libre de México.

Se quitó la vida hoy hace un año con una premeditación vecina de la autonomía frente a la muerte.

La premeditación de su muerte empezó un año antes con su libro Mi último tequila, una memoria del amor nunca cumplido por un contemporáneo, Pepe Salgado, al que no podía gustarle Luis, porque le gustaban los jovencitos.

Fue la última cosecha de un autor que fundió su escritura con su vida, su lucidez con sus pasiones, su voz pública con la crítica de las mentiras de nuestra historia y los credos de nuestra izquierda.

En la vida pública fue un iconoclasta. En su vida privada fue un homosexual exuberante, inmune por años al Sida, marcado a hierro, sin embargo, por la intensidad de unos cuantos amores.

Fue sibarita y melómano, novelista y memorialista, traductor de Cavafis y de otros poetas griegos, poeta él mismo, divulgador científico, propietario pionero de dos bares gay en Ciudad de México: El vaquero y El taller.

Durante 2016 puso en orden su herencia, que legó a su sobrino Adrián, y su obra, que entregó a Cal y Arena.

La noche del 4 de agosto escribió la columna que debía publicar MILENIO el 2 de octubre de ese mismo año. La tituló, con oscura ironía: “Podemos adivinar el futuro”.

La extraña columna terminaba con una súplica críptica a Pepe Salgado, parodia del último verso de Muerte sin fin “¡Ven por mí! ¡Anda, cabroncito del color canela, anda, vámonos al diablo”.

La noche del 1 de octubre Luis pidió a su hermana que viniera a inyectarlo al día siguiente, a las 10. Pasó la noche enviando correos. Su editor de Cal y Arena, Alberto Román, recibió uno a las 5 de la mañana diciéndole que se iba a Poros.

Luego, Luis puso en su mano izquierda una foto de Salgado y en derecha una pistolita italiana con la que se disparó certeramente en el pecho.

Su hermana lo encontró por la mañana con la foto en la mano y la pistola a un lado.

(En Nexos de octubre: Adrián González de Alba: “El epitafio de Luis”