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No es difícil entender por qué alguien que cree que mantener a cualquier costo una empresa estatal que produce electricidad, que es un producto industrial, aun en contra de los intereses de México y los mexicanos, considere que el tipo de cambio es el indicador estrella de la economía mexicana.

En los tiempos del estatismo mexicano del siglo pasado, las empresas energéticas daban de comer a este país y la paridad peso-dólar era fija. Por lo tanto, los populismos del siglo XX hicieron del petróleo y de la moneda mexicana parte de los símbolos patrios.

Pero hoy ya no, las energías han evolucionado, México no vive ya del petróleo, y la paridad cambiaria es un precio más. Sin que deje de ser, eso sí, un termómetro que muestra la calidad de las decisiones que toma un país.

Hasta hace menos de un mes, todavía era posible conseguir un dólar de Estados Unidos a menos de 20 pesos, una franja donde se mantuvo durante varias semanas a finales del año pasado y principios de este 2021.

Pero desde hace unas tres semanas la moneda mexicana ha registrado algunas presiones que la han llevado, por ahora, a cotizaciones superiores a los 21.40 en su modalidad interbancaria.

Sí hay un componente de presión interna en esa depreciación. La contrarreforma eléctrica que el presidente ordenó al Congreso que le aprobara no es un mensaje de estabilidad para un país que había diseñado un esquema de inversiones privadas en la misma dirección en la que lo hace la mayor parte del mundo.

La facilidad con la que la 4T es capaz de modificar el marco legal es lo que más espanta a los inversionistas. Así que, sí, hay factores internos que explican los dólares más caros.

Pero hay mucho más por ahora en lo externo que invita a pensar que tanto el peso como otras monedas emergentes habrán de mantener alguna presión en adelante.

El paquete de estímulos fiscales que logró el gobierno demócrata de Joe Biden que transitar por el Congreso estadounidense es una muy buena noticia para los exportadores mexicanos, pero su pulverización indica que esos recursos se destinarán al consumo antes que a la inversión financiera.

Los programas monetarios de estímulo suelen acabar buscando destinos de mayor riesgo y eso revalúa las monedas emergentes, los cheques de Biden de 1,400 dólares van a los trabajadores y de ahí a comprar una televisión, un auto o una lavadora. Eso implica que el estímulo es para los precios al consumidor.

Si hay presiones en los indicadores inflacionarios en Estados Unidos, hay un efecto en el costo del dólar, por lo tanto, si hay expectativas de que pudieran subir las tasas de interés, no hay duda de que el lugar donde todos querrán estar es en las posiciones de los billetes verdes.

Los tiempos cambian y los que se enamoraron de la relación peso-dólar en los 70, cuando todo dependía de la paridad que dictara un gobierno, hoy deben entender que los mercados funcionan mejor cuando son libres, como hoy lo es el peso mexicano.