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Los partidos antisistema irrumpieron sorpresivamente en la política española, rompieron esquemas obsoletos, tomaron por asalto campañas electorales y capitalizaron el desencanto y el enojo social para arribar al poder. La política contemporánea de ese país, como la de otros, no se entendería sin estas fuerzas emergentes que desafían al establishment; aunque una vez en el poder no han cumplido con las expectativas que generaron.

En España, dos nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos, provocaron en poco tiempo una revolución política. Primero, canalizaron institucionalmente el gran descontento social generado por la crisis económica y el coraje contra el sistema imperante. Segundo, quebraron la hegemonía de los partidos tradicionales PP y PSOE. Tercero, han sido piezas clave para la formación de gobiernos: Podemos lo hizo en ocho comunidades autonómicas y Ciudadanos en seis. Ambos son parte del gobierno de los siete municipios más poblados de España y Ciudadanos fue crucial para que Mariano Rajoy consiguiera un segundo mandato, tras un año sin presidente investido. Además, recientemente Podemos y Ciudadanos obligaron a los partidos tradicionales a renovar sus liderazgos en un intento por recuperar los votos arrebatados por los emergentes.

Sin embargo, en el ámbito de las políticas públicas, los nuevos partidos no han tenido un efecto tan contundente. Si bien Ciudadanos consiguió que Rajoy y el PP se comprometieran a apoyar sus promesas de campaña, particularmente en materia de combate a la corrupción, hasta la fecha este objetivo no se ha concretado. Por su parte, la influencia de Podemos ha quedado acotada a los gobiernos locales donde participa, sobre todo en apoyo a los afectados por los desalojos de vivienda, base fundamental de los indignados de mayo de 2011.

La estridencia del discurso de los partidos emergentes contrasta con sus logros en el poder. Por lo menos en el caso español, esa fuerza que sorprendió en campañas aún no se traduce con el mismo ímpetu en acciones de gobierno.