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Le ha tomado solo dos años al presidente Trump arruinar la buena opinión que los mexicanos tienen de Estados Unidos.

La corriente de opinión desfavorable ha crecido a un ritmo vertiginoso, comparable solo con la velocidad de la caída de la opinión favorable.

En 2015, un 66 por ciento de los mexicanos tenía una opinión favorable de Estados Unidos. Hoy, solo un 30 por ciento. La opinión desfavorable ha crecido en esos mismos años de 29 a 65 por ciento.

Es el cambio mayor en las percepciones mexicanas registradas por el Pew Research Center, en una encuesta levantada con mil entrevistas en abril pasado, 2017.

No solo es visible la rapidez del deterioro de la opinión desfavorable hacia Estados Unidos, sino que la tendencia es muy pronunciada. La brusca animadversión es más impresionante porque viene de una tendencia estable, casi una época, de buena opinión sobre un vecino que es el villano de la historia de México, el enemigo temido, la encarnación de la amenaza nacional.

La migración de las últimas décadas y los efectos económicos positivos del TLC habían diluido aquellos contornos y transformado al enemigo temido en una oportunidad de progreso y buena vecindad.

El vendaval de Trump contra México parece haber barrido con aquella lenta pero estable revolución de las emociones.

Sin que se hayan materializado todavía sus amenazas mayores, Trump ha invertido las tendencias de la simpatía hacia su país del lado mexicano.

Si la tendencia se mantiene, revivirá el arcaico esplendor el nacionalismo antigringo. Y habrá tela de donde cortar.

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