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Nuestra realidad se va decantando día con día, de manera gradual, lo que nos impide advertir la magnitud y profundidad del cambio. Está en todos los ámbitos: la tecnología, la economía, la cultura y la vida social; también en la política y el gobierno. Procesar el cambio no es fácil, implica transitar de lo conocido hacia nuevos derroteros. Cuando está de por medio la incertidumbre es explicable la resistencia a reconocernos en la nueva realidad. De alguna manera vivimos instalados en la negación, y esa negación es la que traza los límites de lo pensable, acotando nuestra capacidad de actuar proactivamente ante lo que acontece.

Lo que más preocupa es la economía y, para algunos, lo que más ocupa es la política. Sin embargo, debiéramos prestar mayor atención a lo social y a la forma en que la tecnología está reconfigurando patrones y conductas, especialmente en el ámbito digital. La inteligencia artificial generativa avanza a una velocidad inusitada, difícil de gobernar, impulsada en buena medida por intereses comerciales de grandes corporaciones. No se advierte con claridad que su desarrollo tenga como propósito fortalecer las capacidades de las personas, las comunidades o las instituciones. La inteligencia artificial generativa no es solo un recurso: es un actor. Su potencial es enorme, pero exige conducción.

Atender el fenómeno tecnológico requiere un marco conceptual sólido, con la dignidad, las libertades y los derechos en el centro. La privacidad adquiere mayor relevancia, al igual que el uso político, comercial y social de nuestro registro digital.

El mundo, y nuestro país en particular, se deben un debate serio y profundo sobre la materia. La regulación orientada por un interés público genuinamente inclusivo no puede seguir postergándose, es la vía para que la revolución tecnológica en curso se ponga al servicio de la humanidad y de los más elevados valores de la civilidad. No se trata de frenar, empeño, además, imposible, sino de conducir. Esa conducción no es materia de un solo país ni de un régimen político en particular; reclama una visión global que trascienda a los Estados y a sus órganos de decisión, porque ninguna frontera ni ninguna soberanía, por sí solas, alcanzan ya para contener lo que está en marcha.