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La renuncia de Margarita Zavala al PAN fracturó al partido y puso en jaque al Frente Ciudadano por México. Falta ver la reacción del PRD ante su aliado herido. Por lo pronto se advierte una elección muy distinta a las de 2006 y 2012.

En ambos procesos, la contienda que inició entre los tres grandes partidos acabó como un duelo entre dos bloques: López Obrador y sus opositores. El voto anti-AMLO se alineó primero con el PAN y seis años después con el PRI.

La candidatura de Zavala, lo mismo que las de otros independientes, conlleva una mayor fragmentación y una dinámica distinta de competencia. Sin embargo, esto no necesariamente beneficia al PRI, como muchos aseguran.

Es probable que la ex panista disminuya al frente; incluso al punto de hacer saltar al
PRI al segundo lugar en las encuestas. Pero si López Obrador mantiene un tercio de las preferencias, el PRI, para ganar, necesitaría el voto útil de una parte importante del panismo, precisamente el nicho que estarían peleando Zavala y, en alguna medida, El Bronco.

El nuevo escenario también se distingue por la creciente separación entre panistas y priistas. Ya vimos en el Estado de México que la segunda opción de muchos panistas no es el PRI, sino Morena. La evidente animadversión de Ricardo Anaya hacia el partido en el gobierno hace pensar en un impacto similar en la elección presidencial.

Si al final de las campañas Anaya no se ve con posibilidades, quizá prefiera ver a Morena triunfante antes que al PRI sostenido en el poder. Y si fuera él quien terminara en la recta final con López Obrador, difícilmente podría atraer el voto útil de un PRI al que ha agraviado.

El bloque anti-AMLO se ha fragmentado. Difícilmente convergerán el PAN y el PRI como lo hicieron en 2006 y 2012. Esto no significa, sin embargo, que estos partidos estén condenados a la derrota, pues el voto de izquierda también puede dividirse: habrá que ver cuánto captan el PRD y algún independiente como Armando Ríos Piter. En una elección con el voto pulverizado, no hay pronóstico que valga.