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Siempre que caía, el pantano me levantaba. En las tardes de color oro viejo, bastaba ver volar un ibis cuyas patas rozaban el agua con la delicadeza que debieron tener los artesanos de Pérgamo, al pelar y retirar la carne del pergamino.

Cada domingo, en su aire limpio que parecía nacido del mar, el tremedal se abría en una vastedad irremplazable, a la que ningún otro horizonte se le parecía. El sol chispeaba en las orlas de agua, bajo un cielo sin sombras, de azules delicados.

Andábamos en salvaje libertad por un archipiélago que atravesaba manglares, lagunas, selvas y miradores que parecían barcos. Los caimanes y los cocodrilos se abandonaban al sol entre las hojas de lirios que cubrían la superficie de los canales.

Atravesábamos los bosques de cipreses donde viven las tribus seminolas hace dos siglos, con bandera, moneda, lengua, religión y costumbres propias. Solo se escuchaban en las ciénegas eternas los graznidos de las garzas y las vibraciones roncas de los reptiles.

Aquella espesura de arboledas de arces, orquídeas multicolores, helechos y palmeras salvajes parecía más un estado de expansión de la conciencia que un humedal lucífero y fértil, sin el cual era imposible la vida en medio continente.

Y, siempre, el prodigio de la luz derramada sobre la extensión verde y marrón de juncos y agua. “La luz, bróder, es la luz”. Pensábamos en este poema de Sigfredo Ariel:

Y se borrarán los nombres y las fechas
y nuestros desatinos
y quedará la luz, bróder, la luz
y no otra cosa.

Una tarde vimos un canal de aguas azules que cortaba a cuchillo un cayo de hierbas verdes y amarillas. Envié un mensaje directo de Twitter al mejor paisajista del mundo, Tomás Sánchez: “Maestro, buenas tardes. Visité este paisaje y parece una imagen suya”.

Era un mensaje en una botella, lanzada a la nada insondable. Jamás esperé respuesta: fue sólo un homenaje al autor de Llegada del caminante a la laguna. El pintor vive refugiado en la jungla de Escazú, Costa Rica, y se contacta con escasas personas.

Pero se hizo la luz, y el inmortal Tomás Sánchez respondió: “¡Hola! Muchas gracias por compartir esta hermosa imagen, Rubén. Saludos”. Los archipiélagos verdes, las líneas cromáticas del cielo, los ocres azulados: la belleza hace milagros. Es la luz, bróder.

Siempre que caía, el pantano me levantaba. Y, allí, recordaba cuando Calipso le dice a Ulises: “¿Así que quieres regresarte a tu casa, en tu tierra natal? Si supieras cuántas tristezas te deparará el destino, te quedarías aquí conmigo y serías inmortal”.

Para mí, la voz de Calipso era el murmullo de las patas del ibis al rascar el agua.

Y me hacía pensar en sí, de verdad, valía la pena regresar.