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Uno de los episodios más complicados en los procesos electorales en Estados Unidos se dio hace 20 años, cuando la carrera presidencial entre el republicano George W. Bush y el demócrata Al Gore se cerró a tal grado que llegó a decidirse con un fallo de la Corte Suprema de ese país.

La mejor parte de ese episodio de principios de siglo fue que tan pronto como hubo una decisión judicial a favor de republicano, Al Gore no dudó un segundo en aceptar su derrota.

No sólo eso, el demócrata, quien había sido vicepresidente de Estados Unidos con Bill Clinton, ofreció su apoyo incondicional a Bush para que ejerciera su mandato sin obstáculo alguno.

En el 2016 la historia se repitió: los demócratas obtuvieron mas votos ciudadanos, pero menos colegios electorales. Fue una elección menos cerrada por lo que la derrota de Hillary Clinton no fue decidida por la Corte Suprema.

Eso sí, había serias dudas de la manera de conducir la campaña de su rival, sobre todo porque había evidencias de una injerencia extranjera para afectar la candidatura de la demócrata. Sin embargo, en el entendido de que la democracia es uno de los máximos valores de la sociedad estadounidense, Hillary Clinton aceptó su derrota sin condiciones y permitió el libre paso del republicano Donald Trump.

Y así llegamos a este día en el que prácticamente podemos garantizar que nos iremos a dormir sin tener certeza de quién ganó la presidencia. Lo cual es una paradoja en estos tiempos en que la información corre a velocidades nunca antes vistas, pero la desconfianza que se ha generado en torno al proceso electoral actual también tenía tiempo sin ser vista.

Hay cinco escenarios en las elecciones de hoy.

El más improbable, y ciertamente el más indeseable, es que se produzca un auténtico empate entre los dos candidatos: el demócrata, Joe Biden y el republicano, Donald Trump.

Hay dos escenarios donde gana Donald Trump. Uno por una ventaja tan amplia que esta noche tendríamos ganador y un candidato derrotado aceptado su derrota.

Otro, donde Trump gana por un margen tan estrecho que implique esperar hasta el último conteo de los numerosos votos adelantados y por correo. Tardaría algunos días, quizá semanas, pero Biden reconocería su derrota.

Hay otros dos escenarios en los que Donald Trump pierde. Si la derrota es por amplio margen, el republicano seguro regateará el triunfo de Biden, pero tendría una presión contundente para aceptar que perdió. No tendría mucho margen para la queja, aunque Trump se quejaría, sí o sí, pero con poco resultado.

El escenario más preocupante para todos es el de una derrota de Donald Trump por un margen muy estrecho. Este escenario es el que puede meter en muchos aprietos a la democracia estadounidense. Trump sería una bomba nuclear activada en La Casa Blanca. Y ni hablar de que llegara a la Corte Suprema hoy dominada por los conservadores.

La democracia estadounidense es sólida, sus instituciones nunca permitirían algún intento rupturista de Trump. Pero encarecer su derrota sería extremadamente caro, en tiempos que ya son muy difíciles.