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La narrativa del cártel inmobiliario fue proscrita por la autoridad electoral. Entonces, los publicistas del oficialismo llamaron “p(ri)andilla” al grupo político que respaldó las aspiraciones de Santiago Taboada por la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de México.

Tres décadas de una disputa encarnizada entre los dos grupos dominantes, en la izquierda y la derecha se vieron reflejados en ese ominoso capítulo de la historia electoral del México contemporáneo.

Una guerra iniciada por los panistas capitalinos que decidieron oponerse al ascenso de Andrés Manuel López Obrador. En 1999 quisieron impedir su candidatura a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. En 2003 buscaron descarrilarle, con la difusión de los videos grabados por el empresario Carlos Ahumada. En el 2004 lo llevaron a juicio político, por la expropiación del predio de Los Encinos. Y en el 2006 lo acusaron de ser “un peligro para México”.

El PAN ya había dejado atrás la doctrina que los había convertido en la oposición leal del régimen de partido hegemónico. Su pragmatismo electoral permitió el asalto a Los Pinos y abrió espacio a una generación de cuadros políticos entre los que destacaron Federico Döring —quien acumula 24 años ininterrumpidos en posiciones legislativas—, Arne Aus den Ruther, Carlos Gelista, Obdulio Ávila, Juan Dueñas, Carlos Orvañanos y el extinto Francisco Solís Peón, mejor conocido como Pancho Cachondo.

Coroneles de un ejército que electoralmente protegió a los candidatos “ciudadanos” que bajo las siglas panistas compitieron por la Jefatura de Gobierno en la CDMX desde el año 2000: Santiago Creel Miranda (2000), Demetrio Sodi de la Tijera (2006) e Isabel Miranda de Wallace (2012). En el 2018, la nominación recayó en Alejandra Barrales, quien fue postulada por una coalición que involucró al PRD.

Toda una generación pasó a segundo plano, por las políticas orquestadas el CEN del PAN. Después de un cuarto de siglo, un cuadro panista (Taboada) compitió por la CDMX cobijado por la coalición PRI-PAN-PRD.

Su war room estuvo conformado por experimentados operadores panistas, bajo la coordinación de Federico Döring.

¿Relevo o brinco generacional? Jorge Romero irá por la dirigencia nacional del PAN respaldado por aquellos cuadros capitalinos que alimentaron la cruzada antiLópez Obrador hace 25 años.

Entonces, Romero apenas iniciaba su carrera partidista. Formado en Acción Juvenil y con el impulso de Federico Döring, el ahora coordinador de la bancada blanquiazul en San Lázaro con el apoyo de la familia Gómez del Campo aunque en aquella etapa, Carlos Orvañanos era el calderonista que entonces más prometía. Su cercanía a la familia Servitje y su amistad con

Ernesto Cordero le proveían suficiente respaldo para jugar en las grandes ligas.

Ambos, junto con el mexiquense Enrique Vargas del Villar, son los nuevos rostros del PAN. ¿Su común denominador? Una actitud repulsiva a las coaliciones electorales que le quitaron identidad —y votos— a la opción de derecha.

Romero ya levantó la mano, en pos de la dirigencia partidista. Entiende que la contienda interna “será fraternal pero fuerte” y que tendrá como rivales a la tlaxcalteca Adriana Dávila y al sonorense Damián Zepeda.