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Se diría que en materia de lucha contra los cárteles y su destrucción, Estados Unidos y México tienen ahora una meta común. 

No la tuvieron durante el sexenio pasado, que fue de tolerancia y complicidad mexicana con el crimen organizado en todos los órdenes, incluido el electoral y el del control violento del territorio.

El dilema que México enfrenta en estos días es que o su gobierno emprende el camino que le marca Trump o se arriesga a que Trump proceda por su cuenta.

Nada sería peor que esto último. Nada sería mejor que un acuerdo negociado, profunda y cuidadosamente, para construir lo que Eduardo Guerrero ha sugerido: un Tratado de Seguridad de América del Norte. 

Pero los tiempos de Trump se han acortado enormemente para eso y los de México también. México no puede emprender de un día para otro, como le exige Trump, un combate frontal contra los cárteles.

En los últimos años el gobierno de México alcanzó una complicidad profunda, estructural, con los cárteles que ahora debería combatir. No es que haya creado esa complicidad, es que la llevó a niveles irreversibles en el corto plazo.

Visto en el orden territorial, allá abajo, donde suceden las cosas, los cárteles y el crimen organizado son parte del orden político que la llamada Cuarta Transformación trajo a México, parte del poder electoral de Morena, parte del régimen morenista que se otorgó la mayoría constituyente en 2024 y cambió la Constitución para constitucionalizar su poder.

La alianza gobernante de Morena incluye a los cárteles y al crimen organizado, así como a quienes les sirvieron y les sirven de intermediarios: el ex presidente López Obrador, los gobernadores y ex gobernadores oficialistas, los mandos y ex mandos militares, los dirigentes y ex dirigentes de Morena. 

La administración del crimen desde el gobierno y su utilización durante las campañas electorales fueron parte del ascenso al poder de Morena y son parte de su hegemonía política hoy.

Impensable una batida frontal de Morena y sus gobiernos contra el crimen y los cárteles. El único acercamiento posible para combatir esa parte de su propio cuerpo político, es la gradualidad que propone la presidenta Sheinbaum, justamente la que Trump encuentra inaceptable.

Y en esa estamos.