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Entre 1982 y el 2007, la economía mundial vivió un periodo caracterizado por una disminución muy marcada en la volatilidad de los ciclos económicos y que se tradujo en un periodo casi ininterrumpido de 25 años de crecimiento económico robusto y baja inflación. Este periodo, conocido como la Gran Moderación, fue posible gracias a tres tendencias fundamentales: la globalización, la desregulación, y el apalancamiento.

La llegada de la crisis del 2008-09, provocada por un problema de sobrendeudamiento en el sector financiero y en los hogares, dio pie a una nueva normalidad, caracterizada por crecimiento frágil y disparejo basado en la transferencia de la deuda del sector privado al sector público. Esta nueva normalidad, también se caracterizó por un periodo prolongado de tasas de interés sumamente bajas y baja inflación.

Aunque la tendencia de globalización comenzó a perder fuerza desde la crisis del 2008-09, no fue hasta el 2016 que comenzamos a ver el inicio de una franca reversión de esta tendencia. El voto a favor del Brexit en el Reino Unido y el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos tuvieron un común denominador: vieron en la globalización una de las razones principales del descontento de muchos ciudadanos.

La globalización ha tenido una contribución determinante en generar crecimiento económico global sin presiones inflacionarias y ha contribuido a que millones de personas en el mundo emergente dejen la pobreza. No obstante, los beneficios de la globalización han sido principalmente capturados por las clases medias de los países emergentes y por las clases altas de los países desarrollados mientras que los más afectados han sido aquellos en la parte baja del escalafón de las clases trabajadoras en las economías avanzadas y los segmentos de pobreza extrema en el mundo emergente.

Aunque la tendencia de globalización comenzó a desacelerarse en el 2009 y a revertirse gradualmente en el 2016, la llegada de la pandemia en el 2020 y la invasión rusa a Ucrania en este 2022, están contribuyendo a acelerar dicha reversión.

En la más reciente carta anual a sus accionistas, Larry Fink, el Presidente y co-fundador de Blackrock – uno de los gestores de activos más grandes del mundo – advierte de la transformación mundial que se ha detonado a raíz de la pandemia y la intervención rusa en Ucrania. Para Fink, la invasión a Ucrania será el hito que marcará el fin del periodo de globalización que ha definido a la economía global durante los últimos 40 años.

Las disrupciones generadas por la pandemia habían desnudado la vulnerabilidad de las cadenas de suministro internacionales basadas en una filosofía de just-in-time, y habían enfatizado la necesidad de desarrollar cadenas más confiables y una mayor integración regional. La invasión rusa a Ucrania y las sanciones impuestas han aislado a Rusia del resto del mundo, tanto en términos comerciales como financieros.

Esto ha generado una disrupción aún mayor en las cadenas de suministro de algunos bienes claves para la economía global como el petróleo, el gas, el trigo y el maíz, entre otros. Para Fink, esta situación está orillando a todos los actores a enfatizar aún más la necesidad de contar con socios comerciales confiables y cadenas de suministro resistentes.

Para Fink, esta reconfiguración del mapa de cadenas de suministro a nivel global implicará costos adicionales para las compañías y los consumidores, lo cual se traducirá en un entorno de mayor inflación que la de las últimas décadas.

Fink no es el único que piensa así, Howard Marks, co-fundador de Oaktree Capital Management – otro de los principales gestores de activos en Estados Unidos – argumenta que el péndulo de la economía mundial se ha desplazado hacía la desglobalización y el desarrollo de cadenas locales y regionales más costosas.