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En la última edición de Sin Fronteras hablamos del complicado reto que enfrenta la Reserva Federal (Fed) para calibrar la velocidad y magnitud de su proceso de retiro de estímulos monetarios. El banco central tiene que mandar una señal contundente para evitar que las expectativas de inflación de mediano y largo plazos se deterioren, pero sin generar un aterrizaje forzoso de la recuperación económica.

La inflación general y la subyacente en Estados Unidos están en su nivel más alto desde 1982. Sin embargo, a pesar de ser las mas altas en 40 años, la inflación actual se ubica considerablemente por debajo del pico observado en el periodo comprendido entre 1965 y 1982 conocido como la Gran Inflación.

En ese periodo, la inflación estuvo consistentemente por arriba de 6%, alcanzando un pico de 12% en 1975 y otro de 13.6% en 1980. Dicho periodo fue precedido de un lustro de baja inflación baja y gran estabilidad de precios.

Las causas principales detrás de la Gran Inflación fueron diversas pero las más importantes fueron un fuerte aumento en los precios de las materias primas –detonado por el embargo petrolero de la OPEP; los crecientes déficits presupuestales del gobierno estadounidense, y una política monetaria complaciente por parte de la Fed.

Para principios de los años 80, la Fed despertó de su letargo y decidió restablecer su credibilidad en el combate a la inflación. El nuevo presidente del banco central, Paul Volcker, impulsó un nuevo marco de referencia para la política monetaria cuya principal herramienta era el control de la oferta monetaria y no la tasa de interés de referencia.

La Fed de Volcker restringió el crecimiento de la oferta monetaria y las tasas de interés de corto plazo subieron de inmediato, alcanzando un pico de 21% a mediados de 1981. Para finales de 1983 las medidas de la Fed habían logrado su objetivo de bajar la inflación a 3.2%, pero no sin antes provocar la peor recesión en la historia, hasta ese entonces, desde la Gran Depresión.

Aunque en la actualidad hay algunas similitudes al periodo de la Gran Inflación, también hay diferencias importantes. Comencemos por las similitudes. El brote inflacionario actual viene después de una década sin inflación a pesar de una política monetaria altamente expansiva con tasas de interés negativas en términos reales (es decir, inferiores a la inflación).

Asimismo, el brote actual de inflación tiene un componente importante de choques por el lado de la oferta que han contribuido a un aumento superior a 30% en los precios de muchas materias primas, incluyendo los energéticos. Sin embargo, en la actualidad la economía de Estados Unidos se encuentra plenamente integrada a la globalización y es punta de lanza para la innovación y cambio tecnológico.

Asimismo, Estados Unidos se ha vuelto independiente en términos de energías fósiles, produciendo suficiente gas y petróleo para satisfacer sus necesidades y exportar. Adicionalmente, la fuerza de los sindicatos, que en los años 70 impulsó los salarios colectivos a la alza, se ha desvanecido significativamente en las últimas tres décadas.

Todos estos factores son fuerzas deflacionarias que deben contribuir a que la inflación vaya cediendo terreno cuando los choques por el lado de la oferta se vayan disipando. Sin embargo, esto no quiere decir que la economía estadounidense está lista para regresar a un escenario en el cual la inflación difícilmente superaba 2 por ciento.

Los precios de las materias primas podrían dejar de subir e inclusive bajar un poco, pero hay sectores, como el de energías fósiles, donde los cuellos de botella podrían persistir después de años de sub-inversión. Esta situación debe contribuir a que la inflación en EU baje de 7.5% actual a niveles alrededor de 4% para el cierre de este año y a 3% en el 2023.

La pregunta que se hacen los mercados es si la Fed podrá realmente hilar fino y acostumbrarse a vivir con una inflación superior a su objetivo de 2% sin provocar una recesión.