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Del otro lado de la mesa, con toda probabilidad estará la señora Clinton. ¿Se le habrá pasado el coraje? ¿Cómo haremos para reconciliarnos?

Hay alguien que está más enojada que usted con la invitación a Donald Trump: se llama 
Hillary Clinton. Esto implica un pequeño problema: ella va arriba en todas las encuestas y es la que tiene más posibilidades de ganar en noviembre.

¿Podrá el gobierno mexicano desagraviar a la señora Clinton? La cuestión es relevante, entre otras cosas, por el impacto que una mala química con la abanderada demócrata podría traer en nuestra relación comercial con Estados Unidos. Tengan en cuenta que ella no es simpatizante del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y la cuestión viene de tiempo atrás.

El matrimonio Clinton tiene un asunto con el NAFTA: nunca les ha gustado y por ello nunca han asumido su paternidad. Esto me lo confesaba un exsubsecretario mexicano, miembro del equipo que negoció el acuerdo. Él tiene una hipótesis: Hillary traerá muchos dolores de cabeza para México con el TLC, muchos más de los que podría provocar Donald Trump. La razón es muy poderosa: la señora Clinton conoce mucho mejor las tripas del acuerdo comercial que el candidato republicano y sabe dónde apretar para que duela.

Las malas vibraciones de los Clinton hacia el NAFTA vienen de la década de los 90. Hay que recordar que la primera versión del acuerdo fue negociada por el expresidente Bush, antecesor de Bill Clinton. Éste se encontró con la complicada tarea de tomar una decisión respecto de un acuerdo que había sido negociado por la élite republicana. Su decisión fue pragmática: lo aprobó con reservas. Entendió las ventajas económicas que traía para su país, pero sabía de la molestia que provocaba entre los trabajadores sindicalizados de Estados Unidos. Ellos son uno de los pistones que mueven la maquinaria electoral demócrata y “socios” del matrimonio Clinton en su operación política.

El TLCAN fue el hijo que los Clinton nunca reconocieron en público. Una anécdota ilustra la situación. En 1996, en una visita a México, se organizó un evento en el Auditorio Nacional, donde se hablaría de las relaciones México-Estados Unidos. El gobierno mexicano preparó un video celebrando el TLCAN. El mensaje de parte del equipo del presidente Clinton fue tajante: él no puede estar en el auditorio, mientras se trasmite el video. El orden del día se modificó para evitar cualquier coincidencia que pudiera vincular a Clinton con un festejo del TLC.

Basta de historia. Hagamos un fast forward hasta el 2016. Donald Trump se ha llevado los reflectores por la estridencia de sus declaraciones en contra de los mexicanos y el acuerdo comercial. Quizá por eso, hemos pasado por alto que Hillary Clinton tampoco quiere el 
TLCAN, en los términos que ahora está.

Cuál es el problema, si México está dispuesto a renegociar el acuerdo. Eso lo ha dicho la canciller, Claudia Ruiz Massieu. La cuestión es tan simple como endiablada: las cosas que Estados Unidos quisiera cambiar no son, necesariamente, las que México desea modificar. En el fondo, está el asunto de cómo se reparten geográficamente los beneficios del comercio bilateral, incluyendo la creación de empleos y el desarrollo de clústeres industriales. Es seguro que vendrá una 
renegociación. Del otro lado de la mesa, con toda probabilidad estará la señora Clinton. ¿Se le habrá pasado el coraje? ¿Cómo haremos para reconciliarnos?

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