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La transición más complicada entre sexenios en la Secretaría de Hacienda se dio, sin duda, hace 30 años cuando el gobierno saliente de Carlos Salinas de Gortari dejó la economía prendida de alfileres y el gobierno entrante de Ernesto Zedillo asumió la conducción fiscal con enorme soberbia y se los quitó.

Desde entonces los relevos de los titulares de Hacienda habían sido tranquilos y ordenados, incluso en las alternancias del PRI y el PAN, porque en esa dependencia siempre hubo el acierto de mantener a personajes de la más alta calificación y reconocimiento nacional e internacional en esos menesteres, que además eran funcionarios de carrera.

Incluso, el relevo del priismo a la autollamada Cuarta Transformación fue terso entre dos personajes conocedores de los temas fiscales y de enorme calidad humana, José Antonio González Anaya entregó el despacho de Hacienda a Carlos Urzúa Macías sin mayores contratiempos.

Ya la salida de Urzúa del gabinete de Andrés Manuel López Obrador fue otra historia ampliamente relatada.

El punto es que los cambios tersos entre los responsables de las finanzas públicas se encuentran ahora con un relevo sexenal suigéneris.

Es una transición sexenal del mismo grupo político, es, de hecho, el mismo secretario de Hacienda del gobierno saliente quien se convertirá en el primer titular de esa cartera en el gobierno entrante.

Hasta ahí todo parecería un zurcido invisible en una secretaría de Estado que es clave para los mercados al momento de enfrentar un cambio de gobierno.

Porque es un hecho que en muchas del resto de las dependencias del sector público sí habrá cambios notorios en los perfiles de sus titulares.

Con un poco de fortuna veremos como muchos de los funcionarios improvisados de este gobierno desfilarán con sus cajas de huevo repletas de sus cosas hacia las puertas de salida, con la certeza, eso sí, de que pueden dejar sus esqueletos en el closet sin que nadie los moleste.

Y podremos ver entrar a muchos verdaderos expertos en las materias correspondientes que rompan con esa conjura del lopezobradorismo de que no importaba que tuvieran solo 10% de experiencia si eran 90% leales a su gran líder político.

Si atendemos en primera instancia a la mejora en el perfil educativo y formativo en el nivel más alto del poder, seguro habrá relevos muy alentadores para recuperar muchas áreas perdidas de la administración pública.

Pero en la Secretaría de Hacienda de López Obrador está hasta hoy en el cargo alguien que ha llevado, por instrucciones presidenciales, las finanzas públicas al límite del endeudamiento y del déficit presupuestal y con ello se ha puesto en duda la salud financiera macroeconómica de México.

Mientras que en la Secretaría de Hacienda del eventual gobierno de Claudia Sheinbaum habrá, por interés de quien encabezará el Poder Ejecutivo, un secretario de Hacienda que se dedicará a corregir los excesos en el gasto público, que buscará recomponer los desequilibrios entre ingreso y gasto, y que empezará a reparar los altísimos niveles de endeudamiento que dejará el gobierno que, afortunadamente, ya se va.

Lo paradójico del relevo sexenal en la Secretaría de Hacienda es que se trata de la misma persona.