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Es curioso que al pensar en el nombre del virus que nos ha detenido este 2020, solo nos remita a pensar en negativo, en el cansancio o fatiga emocional, en la desesperación de no poder salir de vacaciones, de haber tenido que acondicionar la sala en aula y el comedor en oficina, o en el peor de los casos haberse tenido que quedarse sola o solo en su departamento porque los roomies regresaron a sus ciudades de origen.

Por supuesto, estoy hablando de los commodities, de las cosas que hemos perdido o dejado de hacer, pero con la gran fortuna, muchos de nosotros, sin habernos contagiado y de contar con nuestros familiares y amigos sanos, aunque no los veamos, pero saludables.

Lamentablemente hay miles de mexicanos que perdieron a sus padres y padres que perdieron a sus hijos, familias que se fragmentaron y que están por enfrentar la primer navidad sin ellos, con frío y quizá sin el mismo trabajo que antes.

Sin duda, el escenario real con cifras y los casos cercanos son duros y terroríficos. No estábamos listos para cambiar las rutinas, para reinventarnos y sacar a flote un barco con mucha paciencia.

Entonces entre todo esto, por supuesto que nos cuesta mucho pensar en lo positivo, en lo que hemos sumado dentro de nuestras casas y familia, e incluso en nuestra propia individualidad.

Como por ejemplo, hemos aprendido a hablar con nosotros mismos, a buscar nuestros espacios de silencio mental y digital, e incluso a volvernos personas más saludables.

Entonces hoy mientras buscaba la imagen para compartirle y contarle lo importante e interesante que es leer una fotografía, me encontré esta joya visual que compartió Roska Pérez en donde aparecen sus tres hijos acostados en el piso, entre colchas, almohadas y un bebé de juguete.

Siempre hemos sabido que los niños son grandes maestros porque nos recuerdan la sencillez que tiene la infancia, pero dentro de esta pandemia han confirmado su habilidad de adaptarse y disfrutar de los elementos más básicos en los momentos más simples.

¿Se acuerda que en un inicio le comentaba de todo eso que nos pesaba haber perdido? Puras comodidades y lujos que nos dábamos gracias a nuestro trabajo y capacidad ahorrativa, pero instantes como estos en donde los hermanos han encontrado la manera de romper la rutina y la cotidianidad entre la familia, es lo que nos hace olvidar que perdimos las vacaciones en la playa y ellos el ir a la escuela.

Tres niños juntos o mejor dicho “pegaditos” porque así se sienten bien, mejor, resguardados, el uno con el otro dejando a un lado el miedo y por supuesto, la comodidad de su propia cama y la privacidad de su cuarto.

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Tres niños duermen juntos en medio del confinamiento. Foto de Roska Pérez

La pequeña también le muestra a su bebé “de mentiras”, que se duerme así con los hermanos, sintiendo la cercanía hombro con hombro para descansar después de un día de convivencia intensa.

Porque se imagina que ellos también se la pasan juntos, tienen sus complicaciones, su cansancio emocional de no ver a sus mejores amigos, de no ir a sus clases de ballet, de futbol o ir a casa de los abuelos.

Se les fracturó lo que ellos creían como “normal”, salir, ir al colegio, convivir, abrazarse con sus compañeritos, tener un salón de clases, una heladería preferida, un parque para salir a jugar, en fin, un montón de actividades que hoy parece que son ajenas.

Quizá siendo madre o padre, es que cuando vemos una imagen como esta, no solo nos llena de ternura, sino nos orgullecemos de tenerlos a ellos para dejarnos de quejar y mirar lo que no es tan necesario.

Mis aplausos a todos los padres que se han convertido en fotógrafos y han seguido de lleno los cambios y la espontaneidad de sus hijos a través de sus teléfonos y pueden darse cuenta cada noche, que una colchita, una almohada y el calor de la familia, son suficientes para ser felices.

Así, siempre vale la pena tomarles una foto de una noche cualquiera, en donde decidieron dormir juntos y sentirse seguros.