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Comenzamos un año nuevo, una libreta de vida con páginas limpias, sin tachaduras ni enmendaduras. Hacemos una lista de propósitos, entre los cuales, los más populares son: “Ahora sí haré ejercicio”, “me pondré a dieta”, “seré más conciliador”, “reconoceré mis errores”, “perseguiré esos sueños que he estado procrastinando” y en ese mar de buenos deseos prevalecen en el fondo las anclas que nos han impedido lograrlos en años anteriores: flojera, antojos (por la comida, las bebidas alcohólicas, otras personas), arrogancia, narcisismo, ambición, celos. Esa lista de actitudes y sentimientos —la mar de humanos— fue escrita en el siglo IV por el monje Evagrio Póntico y más tarde reescrita por los monjes Casiano y Cipriano: necesitaban nombrar los vicios a los cuales habría que prevenir a los monjes para poder alcanzar una vida anacoreta. En el siglo VI el papa Gregorio Magno la compendió en los temidos pecados capitales: la ira, la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria, la gula y la pereza, yerros que cometemos insistentemente por nuestra naturaleza humana y que detonan una lista infinita de otros males. (Es curioso que en castellano los pecados tengan género femenino).

Tomás de Aquino escribió: “Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que, en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”. ¡Y es que así venimos de fábrica! pero para que no se armara una bacanal mundial se puso orden a través del miedo —no de la reflexión y de la enseñanza— y se cocinaron en la misma olla de horrores las palabras: carne, concupiscencia, vicios, pecados, demonio, placeres humanos y se elaboró un caldo de enemigos del espíritu y del alma. Ese concentrado de pavores potenciado por un gran ingrediente —la culpa— ha sido una roca con la que hemos colmado nuestros días. 

Considero que los encargados de la educación moral de la humanidad —en vez de habernos metido un miedo paralizante a vivir con una lista de pecados capitales— nos deberían haber enseñado a disfrutar lo mejor de nuestra condición humana, a no satanizar el placer, tan necesario para la felicidad de los seres humanos. Para Aristóteles la virtud era el hábito de actuar según el “justo término medio” entre dos actitudes extremas llamadas exceso y defecto, la cantidad apropiada de una virtud era “la media de oro” y se lograba equilibrando la razón y los sentimientos. Miguel de Unamuno escribe: “Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”.

Como un buen ingeniero de audio —que mezcla y balancea la música que sale de los instrumentos de una banda— así deberíamos de equilibrar nuestros deleites para que sean satisfactorios y no se conviertan en grandes males; una comida sibarita acompañada de un gran vino, sesiones magistrales de amor, un día de pereza en la cama deben ser mezclados con inteligencia y con la conciencia de que, si lo hacemos bien, nos durará el gusto.