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Dionisio (para los griegos) o Baco (para los romanos) es un dios nacido de Zeus y su amante Sémele. Cuando Hera —la esposa de Zeus— descubre la infidelidad, se encela y persuade a Sémele para que le pida a Zeus que le muestre su verdadera apariencia. Por su osadía, Sémele es carbonizada y en ese instante Zeus toma al palpitante feto y lo termina de engendrar en su propio muslo. Dos meses después nacerá Dionisio. 

Baco es el dios del ímpetu natural, de la vegetación y la vida desbocada, de la vid y del vino, del entusiasmo y del éxtasis, —un gran personaje a quien encomendarnos—. Para ser reconocido como dios tuvo que viajar por el mundo conquistando los corazones de los mortales que se dejaran seducir. Fue tema para Homero, Eurípides, Platón, Aristóteles y Ovidio, por nombrar algunos. 

Dionisio tiene una naturaleza luminosa y oscura —como todos los humanos— seduce, arrastra a la locura, al placer, al éxtasis y al desenfreno pero también a la locura, a la muerte y a la corrupción. Es un dios contradictorio y ambivalente —como todos los humanos—. Su campo de juego es la alegría de los hombres hasta su último suspiro, regalar un estado de exuberancia y liviandad. 

Dionisio es el creador del vino y por ende, el dios de la liberación; levanta las penas por medio de su bebida y por ello causa alegría entre los mortales. Ya lo celebraba Baudelaire: “¡Oh Baco, que los viejos remordimientos duermes!”

El hombre ha gozado de los beneficios del vino y celebra sus propiedades: previene enfermedades cardiacas y la artrosis, ayuda a aumentar los niveles de colesterol bueno, tiene poder antioxidante, es decir, ralentiza el envejecimiento. Eso sí, los doctores recomiendan no tomar más de dos copas al día.

El influjo de Dionisio permea hasta en aquella última cena, donde el vino es la bebida elegida para convertirse en la sangre divina, en el rito por excelencia. Y el vino se convierte en libro: evoluciona desde el primer capítulo hasta llegar a un final inesperado. En sus páginas encontramos la génesis del amor, en el cortejo hay un ritual mágico y profundamente sensorial —si lo tratamos como a un amante— aguzaremos nuestros sentidos para deslizarnos ante su poder seductor: se ve, se huele, se menea, se paladea, se traga, nos complacemos. 

¿Quién tiene la fuerza suficiente para no resistirse a la naturaleza de Dionisio? Apartamos los pesares mientras libamos un líquido perfecto. Danzar con nuestra naturaleza —y su ambivalencia— es mirarnos y reconocernos a nosotros mismos. A la mañana siguiente —cuando se marcha el influjo de la vid de nuestros cuerpos— transitamos por un camino en el cual nos “miramos desde afuera” y, a veces, toma tiempo reconocer a ese ser que somos en libertad, cuando el ego, las máscaras y nuestra naturaleza oculta se quedan al fondo, en los sedimentos de la botella.