Minuto a Minuto

Nacional El INE, censor de muecas, gestos y sarcasmo
         En fin, que vienen días difíciles para el oficio, pero eso es siempre un reto, burlar al censor, lo que es un ventajoso ejercicio de inteligencia de la que ellos carecen
Nacional El caso Ayotzinapa como “una prioridad de Estado”: Sheinbaum
La Secretaría de Gobernación apuntó que "se agotarán todas las líneas de investigación y se fortalecerán las tareas de búsqueda"
Nacional Otro detenido relacionado con el caso Dafne Zapata
Juan Jesús “M” es hermano de Estrella Mora, la mujer denunciada por la muerte de Dafne Zapata Quintos durante un campamento de verano
Economía y Finanzas Veracruz se posiciona entre los estados con mayor ocupación laboral del país
Veracruz redujo su desempleo a 1.9% en el 2T-2026, ubicándose 8º a nivel nacional con 3.4 millones de personas ocupadas (98.1% de la PEA)
Internacional Trump intensifica sus políticas para frenar la inmigración con más restricciones de visas
El Gobierno de Trump ha endurecido más las restricciones para obtener visas y entrar a EE.UU., en medio de un récord de deportaciones

Dionisio (para los griegos) o Baco (para los romanos) es un dios nacido de Zeus y su amante Sémele. Cuando Hera —la esposa de Zeus— descubre la infidelidad, se encela y persuade a Sémele para que le pida a Zeus que le muestre su verdadera apariencia. Por su osadía, Sémele es carbonizada y en ese instante Zeus toma al palpitante feto y lo termina de engendrar en su propio muslo. Dos meses después nacerá Dionisio. 

Baco es el dios del ímpetu natural, de la vegetación y la vida desbocada, de la vid y del vino, del entusiasmo y del éxtasis, —un gran personaje a quien encomendarnos—. Para ser reconocido como dios tuvo que viajar por el mundo conquistando los corazones de los mortales que se dejaran seducir. Fue tema para Homero, Eurípides, Platón, Aristóteles y Ovidio, por nombrar algunos. 

Dionisio tiene una naturaleza luminosa y oscura —como todos los humanos— seduce, arrastra a la locura, al placer, al éxtasis y al desenfreno pero también a la locura, a la muerte y a la corrupción. Es un dios contradictorio y ambivalente —como todos los humanos—. Su campo de juego es la alegría de los hombres hasta su último suspiro, regalar un estado de exuberancia y liviandad. 

Dionisio es el creador del vino y por ende, el dios de la liberación; levanta las penas por medio de su bebida y por ello causa alegría entre los mortales. Ya lo celebraba Baudelaire: “¡Oh Baco, que los viejos remordimientos duermes!”

El hombre ha gozado de los beneficios del vino y celebra sus propiedades: previene enfermedades cardiacas y la artrosis, ayuda a aumentar los niveles de colesterol bueno, tiene poder antioxidante, es decir, ralentiza el envejecimiento. Eso sí, los doctores recomiendan no tomar más de dos copas al día.

El influjo de Dionisio permea hasta en aquella última cena, donde el vino es la bebida elegida para convertirse en la sangre divina, en el rito por excelencia. Y el vino se convierte en libro: evoluciona desde el primer capítulo hasta llegar a un final inesperado. En sus páginas encontramos la génesis del amor, en el cortejo hay un ritual mágico y profundamente sensorial —si lo tratamos como a un amante— aguzaremos nuestros sentidos para deslizarnos ante su poder seductor: se ve, se huele, se menea, se paladea, se traga, nos complacemos. 

¿Quién tiene la fuerza suficiente para no resistirse a la naturaleza de Dionisio? Apartamos los pesares mientras libamos un líquido perfecto. Danzar con nuestra naturaleza —y su ambivalencia— es mirarnos y reconocernos a nosotros mismos. A la mañana siguiente —cuando se marcha el influjo de la vid de nuestros cuerpos— transitamos por un camino en el cual nos “miramos desde afuera” y, a veces, toma tiempo reconocer a ese ser que somos en libertad, cuando el ego, las máscaras y nuestra naturaleza oculta se quedan al fondo, en los sedimentos de la botella.