Minuto a Minuto

Nacional Metro CDMX recomienda a usuarios de cuatro líneas anticipar la salida
El STC detalló que podría haber mayores tiempos de espera en andenes y durante el abordaje de trenes en cuatro líneas
Nacional Inseguridad y temor por el Mundial sacuden Teotihuacán, una de las joyas arqueológicas de México
Teotihuacán abrirá sus puertas el miércoles 22 de abril tras el ataque armado que dejó dos muertos y 13 heridos
Nacional Pisando fuerte… lo que viene
De este modo, la presidenta toma control del partido, de los candidatos y las alianzas y de la secretaría del Bienestar. Los candidatos serán los suyos y las alianzas las que decida
Nacional Diputados aprueban reforma para expedir ley general en materia de feminicidio
Tras su aprobación, el dictamen fue enviado a las legislaturas de los 31 estados del país y de la Ciudad de México para sus efectos constitucionales
Nacional Ataque en Teotihuacán: ocho de los 13 heridos ya fueron dados de alta
La Secretaría de Gobernación detalló que ocho de los 13 heridos tras el ataque en Teotihuacán fueron dados de alta por los médicos especialistas

Dionisio (para los griegos) o Baco (para los romanos) es un dios nacido de Zeus y su amante Sémele. Cuando Hera —la esposa de Zeus— descubre la infidelidad, se encela y persuade a Sémele para que le pida a Zeus que le muestre su verdadera apariencia. Por su osadía, Sémele es carbonizada y en ese instante Zeus toma al palpitante feto y lo termina de engendrar en su propio muslo. Dos meses después nacerá Dionisio. 

Baco es el dios del ímpetu natural, de la vegetación y la vida desbocada, de la vid y del vino, del entusiasmo y del éxtasis, —un gran personaje a quien encomendarnos—. Para ser reconocido como dios tuvo que viajar por el mundo conquistando los corazones de los mortales que se dejaran seducir. Fue tema para Homero, Eurípides, Platón, Aristóteles y Ovidio, por nombrar algunos. 

Dionisio tiene una naturaleza luminosa y oscura —como todos los humanos— seduce, arrastra a la locura, al placer, al éxtasis y al desenfreno pero también a la locura, a la muerte y a la corrupción. Es un dios contradictorio y ambivalente —como todos los humanos—. Su campo de juego es la alegría de los hombres hasta su último suspiro, regalar un estado de exuberancia y liviandad. 

Dionisio es el creador del vino y por ende, el dios de la liberación; levanta las penas por medio de su bebida y por ello causa alegría entre los mortales. Ya lo celebraba Baudelaire: “¡Oh Baco, que los viejos remordimientos duermes!”

El hombre ha gozado de los beneficios del vino y celebra sus propiedades: previene enfermedades cardiacas y la artrosis, ayuda a aumentar los niveles de colesterol bueno, tiene poder antioxidante, es decir, ralentiza el envejecimiento. Eso sí, los doctores recomiendan no tomar más de dos copas al día.

El influjo de Dionisio permea hasta en aquella última cena, donde el vino es la bebida elegida para convertirse en la sangre divina, en el rito por excelencia. Y el vino se convierte en libro: evoluciona desde el primer capítulo hasta llegar a un final inesperado. En sus páginas encontramos la génesis del amor, en el cortejo hay un ritual mágico y profundamente sensorial —si lo tratamos como a un amante— aguzaremos nuestros sentidos para deslizarnos ante su poder seductor: se ve, se huele, se menea, se paladea, se traga, nos complacemos. 

¿Quién tiene la fuerza suficiente para no resistirse a la naturaleza de Dionisio? Apartamos los pesares mientras libamos un líquido perfecto. Danzar con nuestra naturaleza —y su ambivalencia— es mirarnos y reconocernos a nosotros mismos. A la mañana siguiente —cuando se marcha el influjo de la vid de nuestros cuerpos— transitamos por un camino en el cual nos “miramos desde afuera” y, a veces, toma tiempo reconocer a ese ser que somos en libertad, cuando el ego, las máscaras y nuestra naturaleza oculta se quedan al fondo, en los sedimentos de la botella.