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Visité un hammam en Estambul y fue como irrumpir en las pinturas de Jean Auguste Dominique Ingres, Edouard Debat-Ponsan y Jean-León Gérome o humedecerme entre las páginas de En las manos del aire, de Alberto Ruy-Sánchez. Los hammams han sido puntos neurálgicos de reunión social de la cultura islámica; combinan los rituales de higiene otomana, el baño romano y las abluciones de la religión. Por ello, en la cultura islámica, los baños tienen sentido religioso y cívico.

La recepción fue en el camekan, —una especie de vestidor— donde me entregaron ropa íntima desechable, sandalias de goma y un paño muy delgado para cubrirme. Apareció mi masajista o tellak, Myriam, de ojos negros, con una sonrisa que era hogar. De la mano de Myriam, llegué a un lugar cálido y luminoso llamado hararet. Me sentó en una banca tibia de mármol y abrió las llaves del agua para llenar una jofaina incrustada en las paredes de mármol de la habitación. Con una concha dorada mojó mi cuerpo con agua tibia, me humedecía y sonreía, —supongo que era por mis ojos despejados en señal del descubrimiento de una experiencia nueva, íntima, reconfortante y alegre—. Pasó una tela exfoliante por mi piel removiendo las células muertas y al terminar, fuimos de la mano a una plancha de mármol tibia. Me recostó boca arriba y sumergiendo una tela de cielo en jabón creó burbujas que colocó sobre mí. Masajeó cada uno de mis músculos de una manera tierna pero firme, luego me hizo girar y siguió con la espalda y las piernas. Cuando terminó, nos dirigimos a una habitación en la cual había otra jofaina empotrada —la llenó con agua tibia— y me limpió como cuando yo solía bañar a mis hijos cuando eran pequeños: talló mi cuerpo entero, me abrió los brazos, enjabonó mis sobacos, lavó mi pelo. El jabón olía a jazmín. Yo la miraba, ella sonreía. Me enjuagó con agua tibia y al final, vertió agua fría en mis pies. Envolvió mi pelo en una toalla y en otra, mi tronco. 

Sin soltarme de la mano me encaminó a una sala y sirvió té caliente de hibiscos y unos dulces turcos. Era un espacio íntimo y social a la vez, estábamos varias mujeres que, despojadas de maquillaje y cubiertas solo por toallas, charlábamos mientras nos animaba el té caliente. No conocía a las mujeres de la sala y no era necesario, éramos tribu platicando nuestra experiencia. Mi piel salió tersa, también mi sonrisa. 

La limpieza del cuerpo y del espíritu es una iniciación, un ejercicio afectivo reservado. El baño muestra un significado de erotismo más amplio que el tradicional: la tersura de los olores deleita, la tibieza del agua y su lento recorrido por el canal de la espalda alivia. La mirada, la sonrisa y las manos de quien te baña revelan una intimidad cómplice y festiva. El ritual del amor es un acto trascendente que va más allá de nosotros: lavamos nuestro cuerpo y el de quien amamos, avanzamos concéntricamente hacia un lugar de bienestar.

Satisface llegar a la meta, que, si miramos bien, es el camino mismo.