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Con gratitud a las doctoras, doctores, profesionales de la salud, todos.

Julio Cortázar definió, en su célebre Rayuela, al ser humano como “el animal que se acostumbra hasta a no estar acostumbrado”.

El aforismo es innegable desde la perspectiva fatídica; todos nos hemos visto inmersos en esa situación incómoda, desgastante, en apariencia insostenible, y nos hemos descubierto, más tarde que temprano, completamente adaptados y nombrando a esa experiencia, al principio ajena, nuestra normalidad.

Pero el sentido contrario no es menos cierto.

A las bondades, a la abundancia y a las alegrías, por ínfimas o enormes que luzcan al inicio, también se acostumbra el ser humano, dejando con el tiempo no sólo de agradecerlas o de asombrarse ante ellas, sino simplemente de sentirlas, de mirarlas como algo extraordinario, como el producto de un millar de coincidencias que han convergido en el mismo punto, otorgándonos la suerte de estar vivos.

En la vida de toda persona hay algunos momentos, que pueden contarse con los dedos de la mano, en los que se ve obligada a detenerse de golpe, a mirarse de cuerpo completo y repensar sus acciones. Esos momentos suelen ser cambios enormes en sus condiciones de vida, en la salud, lecciones del azar, o la sensación de tener cerca la muerte. Es en ellos cuando nos damos cuenta de que llevamos años dando por hechas las cosas que hacen la experiencia humana tan maravillosa.

El amanecer, el sabor de la comida, el aroma del pasto, el abrazo de nuestros seres queridos, la brisa nocturna. Mi paso por la COVID-19 (o, tal vez, al revés, su paso a través de mí) fue uno de esos momentos.

Esta enfermedad significó para mí darme cuenta de que todas esas cosas que iluminan el día a día nos pueden ser arrebatadas en un segundo sin haberlas valorado lo suficiente. El trabajo, el ritmo citadino, el estrés y el mal humor nos impiden a veces saborear cada detalle y son estas experiencias, donde uno les teme a la incertidumbre y a la fragilidad humana, las que nos llevan a querer aferrarnos, las que nos invitan a una revisión de nuestro modo de vida.

Pero no en el sentido del trabajo y de las cosas materiales, sino de nuestro modo de vida en relación con quienes nos rodean, con quienes amamos o con quienes desconocemos, pero a quienes estamos unidos, de otro modo, por ser parte de este mismo, enorme barco.

Sé que no todas las personas tenemos la misma experiencia con esta enfermedad. Mientras que con muchos es sumamente benévola, para otros ha sido fulminante. Las razones van —al menos para quienes no nos dedicamos a la medicina— más allá de nuestra comprensión. Sin embargo, es inevitable sentir que superarla es una suerte de bendición y de segunda oportunidad.

Es por ello que he decidido dirigirme a ustedes, como parte de un proceso de replanteamiento de la propia vida, para agradecerles profundamente no sólo su trabajo como profesionales de la salud, sino su acompañamiento como seres humanos empáticos, valientes y dedicados al bienestar de los demás.

Entiendo que este momento ha sido sumamente difícil para ustedes, que el último año ha representado una carga de trabajo inimaginable, y que, sin embargo, lo han enfrentado con su mejor actitud, con una entrega admirable hacia su profesión. No puedo más que expresar buenas palabras hacia ustedes, tanto por las atenciones que han tenido hacia mí, como por el papel tan brillante y necesario que han desempeñado por todos nosotros, quienes hemos tenido que pasar por esta enfermedad.

Esta pandemia ha significado muchos cambios y para algunos significa también una nueva oportunidad de permitirnos vivir intensamente las cosas más sencillas que hacen el día a día tan maravilloso, la compañía de los otros, la fortuna de estar en este mundo. Uno suele decir que es gracias a Dios que logra vencer a las enfermedades y, aunque esto tiene mucho de verdad, no cabe duda de que esa gracia divina, que existe, no podría actuar sin ustedes, sin sus conocimientos y sin su dedicación. Les estaré, de corazón, agradecido para siempre.