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Fue particularmente escandaloso para mí escuchar a Lorenzo Córdova, presidente del INE, hombre cuyo refinamiento intelectual y personal conozco, y admiro, utilizando el lenguaje que usó en la conversación ilegal que le grabaron.

Se burla ahí del español de infinitivos que usa el representante de una comunidad indígena. Pero el verdadero escándalo de la grabación no estuvo, para mí, en el medio español del caricaturizado, sino en el medio español que hablaba el caricaturista. Oír esas muletillas deleznables en boca del presidente del INE me escandalizó.

Tanto, supongo, como se escandalizarán muchos fieles de nuestra mesa televisiva de los lunes en La hora de opinar, cuando, para hacernos los sinceros, los radicales, los elocuentes o los graciosos echamos al aire palabrotas.

Supongo que lo mismo sucede en muchos lectores cuando cabeceadores o articulistas introducimos en nuestros textos sonoras imprecaciones para ganar la atención de los lectores y hablar, como entre iguales, a mentadas.

La proclividad que hay en las redes sociales a convertirlo todo en un torneo de insultos apenas puede exagerarse. Y qué decir de los comentarios que aparecen en nuestra página web, debajo de los artículos de sus colaboradores.

Todo esto no me parece un síntoma de libertad expresiva, sino una especie de contracción léxica y moral del lenguaje público.

Es encerrarlo todo en el espacio opresivo y ciego de la mentada, un escalón debajo de la cual termina el lenguaje y empiezan las interjecciones y los gritos.

Me hago cargo del espíritu conservador que recorre mi escándalo. Pero el desarreglo verbal del presidente del INE ha sido como un espejo cercano y me ha puesto a pensar solemnemente.

Me ha convencido de que quienes tienen un papel público que jugar con su lenguaje tienen que jugarlo con calidad y rigor, y con la mayor altura de que su lenguaje es capaz, incluso si es para hablar de carnes, e incluso cuando se habla en privado.

Si los ojos son el espejo del alma, el lenguaje es el espejo de la sociedad. Por donde van las palabras irán tarde o temprano los hechos, y nuestras palabras, públicas y privadas, parecen ir hacia abajo.

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