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La revuelta de los partidos políticos contra la idea de ser normados por un tribunal constitucional dice algo del fondo viejo de nuestra clase política.

Es el fondo que no se ha movido gran cosa a lo largo de estos años de transición democrática, el fondo del rechazo a la ley que los constriñe. Y un límite abierto al debate democrático.

Los partidos políticos de la transición han mostrado una disposición continua a incumplir o burlar las leyes que ellos mismos proponen y aprueban.

Los ríos de dinero ilegal que meten a sus campañas prueban de sobra su habilidad para saltarse las reglas que se han dado.

Ahora nos muestran otro ángulo de esa disposición. Salvo Movimiento Ciudadano, todos los partidos propusieron disminuir la autoridad del Tribunal Electoral sobre sus usos y costumbres.

No quieren someterse en su vida interna a criterios generales derivados de la Constitución, en materia de equidad de género y representación de minorías.

Y para preservar sus prerrogativas particulares, se presentaron aliados para hacer una reforma constitucional que los proteja de los criterios… de un tribunal constitucional.

El patriotismo de partido que aparece tras esta alianza de la partidocracia contra la regulación externa, es de la misma índole que la revuelta del Presidente contra el Estado y sus contrapesos, a la que me referí ayer aquí.

Los partidos quieren manos libres para administrarse internamente sin restricciones, en temas como la equidad de género, las cuotas de minorías, los grupos vulnerables y las facultades del Trife para normarlas.

Quieren mantener sus pequeños o grandes feudos al arbitrio de sus decisiones internas, habitualmente opacas no sólo para la sociedad, sino para sus miembros.

Han encontrado una resistencia inesperada dentro, entre legisladoras, minorías y personas vulnerables de distintos partidos, pero especialmente de Morena, que no parecen dispuestas a subordinar sus derechos a su patriotismo de partido.

Se trata de una resistencia notable, sintomática de que la transición democrática no ha pasado tampoco sin dejar huellas en amplios sectores de la sociedad.

La resistencia de las mujeres legisladoras de todas las condiciones contra el patriotismo masculino de partido, es un rasgo de democratización más profunda de lo que puede pensarse.