Mujeres, hombres y menores de edad que han llegado a nuestro país trasladándose de todas las maneras posibles, siendo legales o no, siguen creándose un espacio para sobrevivir y hacer una vida con base de trabajo.

Se han convertido en migrantes porque se han quedado aquí, han encontrado albergues, en otros casos ayuda directa y en otros tantos solo se han podido acomodar en alguna esquina o debajo de puentes para buscar cómo hacer vida fuera de casa.

Hay quienes fueron aprendiendo a subsistir en colectividad, durante el camino y a su llegada. Casas de campaña o a la intemperie, como quiera que sea, eran muchos, estaban juntos y con el espacio reducido se fueron aclimatando.

La ropa se les fue donando y a los niños también sus juguetes. Los campamentos comenzaron a disolverse porque los albergues abrieron puertas y la suerte les llegó a unos cuantos que con papeles pudieron salir a trabajar o a estudiar.

Hay muchos que no cambiaron de país para pedir limosna, sino para prepararse y hacer valer cada una de las oportunidades que el estado les puede brindar.

Los niños, los que no acaban de entender del por qué dejaron su cuarto, a sus abuelos o a sus vecinos, son los que inyectan la imaginación a la rutina del agotamiento y de la esperanza. Porque no está fácil, y lo saben.

Víctor Medina, uno de mis fotoperiodistas favoritos de nuestro país documentó el interior del albergue Alfa y Omega y a sus 60 familias que lo ocupan, al recibir donativos por parte de la comunidad universitaria de la Facultar de Ciencias Humanas y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California.

Esta vez fueron alimentos no perecederos, ropa y juguetes que fueron recolectados como parte del programa organizado por el Dr. Hugo Méndez Fierros en donde colaboraron estudiantes de las facultades.

La fotografía que hoy muestro y que captó Víctor es digna de una escena de la película La Vida es Bella, protagonizada por Roberto Benigni.

La madre haciendo volar a su hijo, impulsándose para agarrar vuelo hasta terminar ambos mareados de vuelta y vuelta.

Los colores como llamaradas de vida, el rosa, el naranja, el rojo, el azul del ciello y el viento que se les cuela entre los brazos, seguramente los trasladan a un momento en donde olvidan por completo que todo lo que está al fondo no sirve, que lo que se acumula es de todos y es de nadie, que no es de ellos pero que se lo han apropiado.

Una voltereta y una carcada de temor y adrenalina porque el piso comienza a moverse y con ello los recuerdos de cuando recién salieron de su casa con el miedo en las venas y el cansancio en sus pies y en el alma durante el recorrido.

Como si el cielo se pintara de arcoíris, como un juego 24/7 ante los ojos de los pequeños, mas no para los padres.

Una casa compartida, con 60 personas allí dentro y en un solo cuadro, Víctor Medina y el vuelo del niño con playera verde nos demuestran que la vida es y puede ser bella, según los colores con la que la miremos.

Mujeres, hombres y menores de edad que han llegado a nuestro país trasladándose de todas las maneras posibles, siendo legales o no, siguen creándose un espacio para sobrevivir y hacer una vida con base de trabajo.

Se han convertido en migrantes porque se han quedado aquí, han encontrado albergues, en otros casos ayuda directa y en otros tantos solo se han podido acomodar en alguna esquina o debajo de puentes para buscar cómo hacer vida fuera de casa.

Hay quienes fueron aprendiendo a subsistir en colectividad, durante el camino y a su llegada. Casas de campaña o a la intemperie, como quiera que sea, eran muchos, estaban juntos y con el espacio reducido se fueron aclimatando.

La ropa se les fue donando y a los niños también sus juguetes. Los campamentos comenzaron a disolverse porque los albergues abrieron puertas y la suerte les llegó a unos cuantos que con papeles pudieron salir a trabajar o a estudiar.

Hay muchos que no cambiaron de país para pedir limosna, sino para prepararse y hacer valer cada una de las oportunidades que el estado les puede brindar.

Los niños, los que no acaban de entender del por qué dejaron su cuarto, a sus abuelos o a sus vecinos, son los que inyectan la imaginación a la rutina del agotamiento y de la esperanza. Porque no está fácil, y lo saben.

Víctor Medina, uno de mis fotoperiodistas favoritos de nuestro país documentó el interior del albergue Alfa y Omega y a sus 60 familias que lo ocupan, al recibir donativos por parte de la comunidad universitaria de la Facultar de Ciencias Humanas y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California.

Esta vez fueron alimentos no perecederos, ropa y juguetes que fueron recolectados como parte del programa organizado por el Dr. Hugo Méndez Fierros en donde colaboraron estudiantes de las facultades.

La fotografía que hoy muestro y que captó Víctor es digna de una escena de la película La Vida es Bella, protagonizada por Roberto Benigni.

La madre haciendo volar a su hijo, impulsándose para agarrar vuelo hasta terminar ambos mareados de vuelta y vuelta.

Los colores como llamaradas de vida, el rosa, el naranja, el rojo, el azul del ciello y el viento que se les cuela entre los brazos, seguramente los trasladan a un momento en donde olvidan por completo que todo lo que está al fondo no sirve, que lo que se acumula es de todos y es de nadie, que no es de ellos pero que se lo han apropiado.

Una voltereta y una carcada de temor y adrenalina porque el piso comienza a moverse y con ello los recuerdos de cuando recién salieron de su casa con el miedo en las venas y el cansancio en sus pies y en el alma durante el recorrido.

Como si el cielo se pintara de arcoíris, como un juego 24/7 ante los ojos de los pequeños, más no para los padres.

Una casa compartida, con 60 personas allí dentro y en un solo cuadro, Víctor Medina y el vuelo del niño con playera verde nos demuestran que la vida es y puede ser bella, según los colores con la que la miremos.

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Foto: Víctor Medina (Instagram @victormedinafoto)