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Si pudiéramos eliminar de la primera semana postelectoral los mensajes del Presidente saliente y sus subordinados y dejáramos solamente las reacciones y discursos de la virtual Presidenta electa, otro habría sido el comportamiento de los mercados financieros.

Obviamente que el discurso más estridente es el de Andrés Manuel López Obrador, porque han sido más de cinco años de una amenaza constante a la estabilidad del país desde un poder descomunal.

Por eso, cuando los resultados electorales marcan que el oficialismo podría obtener mayoría calificada, lo primero que salta a la mente del sector privado es esa agenda legislativa que implicaría la ruptura final de la seguridad jurídica necesaria para los inversionistas.

Claudia Sheinbaum tiene una historia en blanco, a pesar de haber repetido una y otra vez el discurso de López Obrador, y hoy hay que escucharla desde ese poder que habrá de concentrar.

Porque hasta antes de las elecciones, Sheinbaum básicamente tenía un solo voto de respaldo, el de su mentor, el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Pero tras el conteo de votos la virtual Presidenta electa de México puede tener la certeza de que 35 millones 923,996 electores la respaldan para que sea ella quien asuma el poder presidencial y tome las decisiones a partir del 1 de octubre, tal como lo mandata la Constitución.

El problema es que de aquí a su toma de protesta hay 112 días en los que López Obrador cree que puede imponer su voluntad, en especial con la siguiente legislatura.

Realmente Claudia Sheinbaum no tiene que hacer nada a favor de los empresarios, de los mercados, o de esos pocos millones de electores que no votaron por ella, el espacio que se tiene que abrir es para ella misma, para que pueda llegar a un país estable donde pueda gobernar con sus planes y sus formas propias.

Ya se lo advirtió López Obrador el viernes, dijo que podría quedarse y no retirarse tras su salida de la presidencia, lo que debería incomodar, en primer lugar, a la futura mandataria.

Este lunes se reúnen López Obrador y Claudia Sheinbaum. De entrada, la virtual Presidenta electa no debería aceptar, en ninguna circunstancia, dirigir un mensaje desde el estrado mañanero de Palacio Nacional, ese de la sumisión y del Presidente parado permanentemente atrás de quien habla.

Lo que tenga que decir tiene que ser en su territorio y en un tono presidencial, debe describir una reunión entre iguales con López Obrador y marcar su propio rumbo sin chistar.

A los legisladores que entran debe llegarles el mensaje de prudencia, para que decidan si prefieren un mes de obediencia ciega a quien tiene rencores personales que quiere dirimir con reformas constitucionales, o prefieren transitar, tres años los diputados y seis años los senadores, con quien tiene el derecho de escribir su propio camino.

Ahora, puede la virtual ganadora salir a decir que está de acuerdo con absolutamente todo lo que diga o proponga López Obrador y ahí sí ya nadie se puede llamar al engaño.

Pero ahora que tenemos que escuchar las voces de dos Presidentes, se vuelve más importante conocer las ideas de quien se queda, no de quien ya se debe ir a su rancho de Palenque, Chiapas.