Minuto a Minuto

Internacional Obama sobre los extraterrestres: “Son reales, pero yo no los he visto”
Ante la repercusión de esa respuesta, Obama aclaró en Instagram que no vio "pruebas" de que los "extraterrestes hayan hecho contacto con nosotros" durante su presidencia
Nacional “Me guiaron”: Salma Hayek destaca apoyo de gobernadoras de Veracruz y Quintana Roo
Salma Hayek agradeció a Nahle García y a Lezama Espinosa su acompañamiento y orientación a lo largo de la realización de sus trabajos
Nacional El norte de México revive “herida latente” con la celebración de Trump de anexión de 1848
Las palabras de Trump tienen especial eco en Ciudad Juárez, fronteriza con El Paso (Texas)
Internacional EE.UU. continuará redadas migratorias durante el cierre del DHS
El 'zar' de la frontera informó que los oficiales de ICE no recibirán pago, "pero parece que se están acostumbrando"
Nacional IMSS Chihuahua salva a bebé prematuro de tan solo 800 gramos de peso
Toñito, un bebé en extremo prematuro, pasó 99 días internado en el HRZ 2 del IMSS en Ciudad Juárez

Las “tierras raras” se han convertido en la piedra filosofal del siglo XXI. 

Su denominación se asocia a polvos de alquimista, pero no: son elementos químicos muy bien presentados en la tabla periódica de Mendeléyev, con su número atómico y su respectivo símbolo. 

El núcleo duro lo conforman los quince lantánidos (cuyo número va del 57 al 71) y son: lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio.

Los otros dos: el escandio y el itrio. Nada esotérico, química pura. 

Para efectos políticos y económicos, esos elementos hoy valen oro, porque sirven para fabricar imanes potentísimos que mueven autos eléctricos y aerogeneradores; para pantallas LED y LCD; teléfonos inteligentes, computadoras, láseres, equipos médicos de rayos X y usos militares diversos que nadie detalla, pero todos los codician. 

Las “tierras raras”, pues, son determinantes en la transición energética y la digitalización. 

Son dos palabras que funcionan como conjuro: se pronuncian y aparecen inversiones, tensiones diplomáticas y discursos. Son metales pesados con propiedades magnéticas, ópticas y catalíticas únicas, fundamentales para la tecnología moderna y las energías renovables.

Donde las hay se encuentran en bajas concentraciones, mezcladas con minerales como la bastnasita y la monacita. 

Nada tienen de “raras”, solo son difíciles de aislar.

Lo curioso es que las hay en muchos lugares del planeta, pero es caro, complicado, contaminante y devastador separarlas en estado puro (por eso pocos países dominan su refinamiento).

China es la mayor potencia en producción y reservas, seguida por Brasil, Vietnam, Australia, Rusia, India, Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, esta inmensa isla con gobierno autónomo dentro del Reino de Dinamarca, que desató la insaciable ambición de Trump.

De ese territorio ártico se calculan reservas de un millón y medio de toneladas métricas, pero no se les explota a gran escala. 

Bajo el hielo están y estarán hasta que lleguen las excavadoras, los permisos ambientales… y la paciencia diplomática. 

De ahí la majadera necedad de Trump al repetir lo “magnífico” y “hermoso” que sería integrar Groenlandia a Estados Unidos; en Davos ya dijo que siempre no.

En la otra esquina, en falso, está Vladímir Putin: se le achaca pretender las “tierras raras” de Ucrania, pero este país no figura en las clasificaciones de reservas globales. Por esto debe tomarse con cautela el chisme y recordar que su guerra tiene raíces históricas, políticas, estratégicas y demográficas mucho más visibles (como ocurrió con Crimea) en las regiones de población mayoritariamente rusa.

Así que, entre lantánidos impronunciables, proyectos mineros y discursos inflamados, las “tierras raras” constituyen elementos de un drama global. 

El tema es tan importante que hoy por hoy determinan cadenas industriales, alianzas y tentaciones imperiales.

Química pura, sí, con olor a contratos, pero ya no a pólvora…