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Las “tierras raras” se han convertido en la piedra filosofal del siglo XXI. 

Su denominación se asocia a polvos de alquimista, pero no: son elementos químicos muy bien presentados en la tabla periódica de Mendeléyev, con su número atómico y su respectivo símbolo. 

El núcleo duro lo conforman los quince lantánidos (cuyo número va del 57 al 71) y son: lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio.

Los otros dos: el escandio y el itrio. Nada esotérico, química pura. 

Para efectos políticos y económicos, esos elementos hoy valen oro, porque sirven para fabricar imanes potentísimos que mueven autos eléctricos y aerogeneradores; para pantallas LED y LCD; teléfonos inteligentes, computadoras, láseres, equipos médicos de rayos X y usos militares diversos que nadie detalla, pero todos los codician. 

Las “tierras raras”, pues, son determinantes en la transición energética y la digitalización. 

Son dos palabras que funcionan como conjuro: se pronuncian y aparecen inversiones, tensiones diplomáticas y discursos. Son metales pesados con propiedades magnéticas, ópticas y catalíticas únicas, fundamentales para la tecnología moderna y las energías renovables.

Donde las hay se encuentran en bajas concentraciones, mezcladas con minerales como la bastnasita y la monacita. 

Nada tienen de “raras”, solo son difíciles de aislar.

Lo curioso es que las hay en muchos lugares del planeta, pero es caro, complicado, contaminante y devastador separarlas en estado puro (por eso pocos países dominan su refinamiento).

China es la mayor potencia en producción y reservas, seguida por Brasil, Vietnam, Australia, Rusia, India, Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, esta inmensa isla con gobierno autónomo dentro del Reino de Dinamarca, que desató la insaciable ambición de Trump.

De ese territorio ártico se calculan reservas de un millón y medio de toneladas métricas, pero no se les explota a gran escala. 

Bajo el hielo están y estarán hasta que lleguen las excavadoras, los permisos ambientales… y la paciencia diplomática. 

De ahí la majadera necedad de Trump al repetir lo “magnífico” y “hermoso” que sería integrar Groenlandia a Estados Unidos; en Davos ya dijo que siempre no.

En la otra esquina, en falso, está Vladímir Putin: se le achaca pretender las “tierras raras” de Ucrania, pero este país no figura en las clasificaciones de reservas globales. Por esto debe tomarse con cautela el chisme y recordar que su guerra tiene raíces históricas, políticas, estratégicas y demográficas mucho más visibles (como ocurrió con Crimea) en las regiones de población mayoritariamente rusa.

Así que, entre lantánidos impronunciables, proyectos mineros y discursos inflamados, las “tierras raras” constituyen elementos de un drama global. 

El tema es tan importante que hoy por hoy determinan cadenas industriales, alianzas y tentaciones imperiales.

Química pura, sí, con olor a contratos, pero ya no a pólvora…