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Se dice que hace 44 años un partido de futbol entre las selecciones de Honduras y El Salvador desató una guerra que dejó casi 6,000 muertos.

Cierto es que la derrota salvadoreña en el partido de vuelta de la clasificación para el Mundial de futbol de México en 1970 desató la violencia en contra de los hondureños. Pero la historia tiene que ver con dificultades agrarias previas a un simple juego deportivo.

Brasil ha vivido durante las últimas horas episodios de violencia que se relacionan con el estado ánimo depresivo que causó la histórica goliza de 7 a 1 que le propinó Alemania en semifinales. Este país sudamericano arrastra desde hace años algunos vicios derivados de su propia fama.

Lo que más duele en el corazón de los aficionados brasileños es que su selección estaba destinada a conseguir el sexto campeonato. El tema recurrente era a qué otra selección le ganaría Brasil la final de la copa del mundo.

Era una forma de poder decir el próximo domingo que, después de todo, los gastos excesivos del gobierno en la organización del campeonato mundial habían valido la pena. Levantar la copa mundial habría sido un paliativo para los malos manejos financieros de la dupla Lula-Dilma.

Pero la selección de futbol de Alemania no sólo le ganó, le pasó encima y los ubicó en esa realidad desconocida de ser humillados en su propia casa.

Dilma Rousseff se dijo muy triste al final del partido, estaba pensando en el marcador final del juego y quizá olvidó que los números que realmente le importan aparecerán en octubre, en las elecciones presidenciales.

Quizá por eso corrigió de inmediato sus sentimientos tuiteros y escribió algo así como Brasil levántate, sacúdete el polvo y vuelve a la cima.

Ya dirán los analistas de la política brasileña si Rousseff tiene posibilidades de perder las elecciones que vienen, lo cierto es que las siete cachetadas al ego brasileño los deben ubicar en la realidad de un país de carencias sociales, económicas, financieras y futbolísticas.

El mundo entero se va a desentender de Brasil el domingo, tras el silbatazo que termine con la final del campeonato. Pero ese país se quedará con todos sus problemas, con el malestar social pausado por los costos del Mundial y con las amenazas económicas que penden sobre el mundo emergente.

Tras el final del torneo costará trabajo al gobierno de Brasilia mantener a flote el mito carioca de la nación destinada al desarrollo. Sus tasas de crecimiento van a la baja, con una expectativa este año de no más de 1.3% y para el 2015 de apenas 1.5 por ciento.

La inflación del mes pasado fue de 6.5%, cuando la meta es 4.5 por ciento. Y la expectativa es que el Mundial presione más los incrementos en los precios. Así que este es otro tema a tratar.

Va a ser muy difícil que no empeoren las condiciones económico-financieras de Brasil y con ellas la estabilidad social. Pero el punto de partida es entender que Brasil no puede regresar a la cima, como tuitea Rousseff, porque nunca ha estado ahí, como sí lo ha estado en el futbol.

Va a ser un proceso doloroso de una enorme aceptación de su realidad. Toca a los brasileños decidir si quieren que se queden Rousseff y Luiz Felipe Scolari. Sobre ellos pesan enormes lozas difíciles de superar.