Los daños materiales causados por el Huracán Odile son de los más cuantiosos experimentados en México debido a fenómenos hidrometeorológicos, 12 mil millones de pesos. Pero algo debe reconocerse dentro de la tragedia: el número de víctimas mortales fue muy bajo ante lo que pudo haber ocurrido si no se hubiera hecho caso a las alertas a través de los medios masivos de comunicación. 

Contrario a los efectos de Manuel en Guerrero, que estuvieron focalizados en una zona de bajos recursos de Acapulco, Odile en Baja California Sur traía una previsión de consecuencias destructivas más nocivas por la fuerza y tamaño del huracán.

Manuel fue dañino porque su baja velocidad y combinación con otro fenómeno en el Golfo de México  provocó alta descarga de lluvias que causaron inundaciones y reblandecimientos. Odile, por el contrario traía vientos demasiado fuertes que se llegó a estimar serían hasta 250 kilómetros por hora y un diámetro que fue de 800 kilómetros pero que pudo haber llegado a los 1,500 kilómetros.

Odile tenía una trayectoria modelada para avanzar en paralelo a la Península de Baja California, pero no para golpear con su furia a las poblaciones de Baja Sur, en especial Los Cabos y La Paz. Sin embargo, entró a tierra causando los estragos que están a la vista e implicarán una recuperación a la normalidad de varias semanas, si no meses, sobre todo en la actividad económica. 

Pero más allá de detalles técnicos lo que debe revisarse y aprenderse de los efectos de Odile es la urgencia de avanzar en la necesaria intervención psicosocial frente los daños que pueden ocasionar fenómenos naturales cada vez más intensos y erráticos.

Puede reconocerse que la acción comunicativa en varios municipios de BCS para alertar a la población funcionó a pesar de que había cierta incredulidad. Y es que la mañana del día en que Odile golpeó a Baja California Sur había sol e incluso gente con sus embarcaciones en el mar. 

Si la gente no hubiera hecho caso, seguramente la muerte habría sorprendido a decenas o cientos de personas, como ocurrió con cuatro ciudadanos extranjeros y un mexicano: dos coreanos que desafiaron a Odile al intentar cruzar un arroyo con su vehículo en el momento del golpe de vientos huracanados; y una pareja de británicos que viajaban en su barco en aguas de La Paz (aunque oficialmente uno de ellos está dado como desaparecido), así como un mexicano que también quiso pasar por un arroyo.

“Va a haber muchos muertos” si la gente no hace caso a las alertas escuché decir a personas vinculadas a los cuerpos de protección civil. Por fortuna, la gente atendió el llamado y se refugió en sitios que incluso fueron despedazados por la fuerza brutal de Odile.

Seguí por Twitter a varios periodistas extranjeros que estaban en Los Cabos el día del golpe de Odile. Describían -después de las 23:45 horas en que entró el huracán a tierra- escenas terribles y relataban cómo los vientos ocasionaban fuertes y ensordecedores estruendos.

Comentaban cómo los vidrios de automóviles eran prácticamente reventados por el viento y los ventanales de hoteles arrancados. Fue una noche de pesadilla que no daba para imaginar lo que vendría después conforme amanecería y lo que ocurría posteriormente: sin luz, sin infraestructura, sin agua y la posterior rapiña.

La comunicación de masas para generar excitación colectiva a fin de crear alerta frente a amenazas naturales funcionó y esto evitó demasiadas muertes y lesiones graves. Pero no para la acción colectiva frente a la destrucción. Y aquí es donde debe estar uno de los focos de atención hacia el futuro en la previsión de escenarios de crisis.

Tal vez nadie pensó las implicaciones de una caída total del sistema de suministro eléctrico que, dicho sea de paso, ha sido uno de los peores en el país. 

La falta de agua, de víveres, dio paso a un fenómeno que es previsible en cualquier parte del mundo donde ocurren desastres: la rapiña. Pero en Los Cabos el asunto se extralimitó. Si no hubieran ocurrido los saqueos, la gravedad de lo que sucede hoy en Los Cabos no sería de tal dimensión, señaló el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, en una entrevista con Joaquín López-Dóriga. 

La exacerbada rapiña y la aparición de grupos delincuenciales provocaron que el sistema de seguridad municipal y estatal fuera rebasado al punto de que el Gobierno Federal debió enviar a millares de policías, gendarmes, militares y marinos para restablecer el orden.

Y he aquí el punto interesante de análisis: surgió la defensa social para salvaguardar los patrimonios propios.

El aprendizaje en la previsión de escenarios tiene que avanzar no sólo hacia la atención material sino hacia cómo reforzar la articulación social en situaciones posteriores a un desastre. Cómo fortalecer los liderazgos y los sistemas de seguridad civil, que quedaron rebasados tras la catástrofe.

En el terreno teórico académico, Paul F. Lazarsfeld y Robert Merton establecen que en situaciones como los desastres naturales no basta la atención material, sino que debe existir un apoyo psicosocial frente a la crisis que permita el pronto restablecimiento de la articulación social. Es claro que ante las pérdidas surgen la ansiedad y el miedo por incertidumbre. Es entonces donde debe existir una intervención inmediata que debiera considerarse en adelante en las gestión de crisis.

Y dentro de ello la previsión de las conductas sociales frente a actos vandálicos que sobrepasan la natural tendencia humana a hurtar lo básico para sobrevivir, por encima de los otros.

No es tarea sencilla pero la intensidad y gravedad de los desastres naturales –que cada vez son peores- amerita analizar, revisar y proyectar en lo inmediato.