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El estilo de gobernar del actual presidente se ha perfilado claramente hacia la polarización. Los bienaventurados que comparten su palabra reciben la gracia y los infieles opositores corren en una franja del pecado. Por eso estorban los críticos y por eso también estorban las autonomías.

En muy poco tiempo la actual administración ha abierto frentes con organismos, como la Comisión Reguladora de Energía (CRE), en busca de un control total desde un poder unipersonal.

Y si las leyes se interponen en los planes, las leyes se cambian. Para esto está la disciplinada mayoría.

Ya está en proceso un cambio legal en Pemex para quitarle estructuras propias de una empresa y dejar todo el poder en manos del agrónomo director, quien realmente ejecuta la línea directa de Palacio Nacional.

Podrá ser la suerte de cualquier otro organismo autónomo que quede en el camino de la cuarta transformación.

Por eso fue una bocanada de aire fresco ver cómo Gerardo Esquivel, economista progresista, cercano a Andrés Manuel López Obrador, le paró los carros a Martí Batres, soldado legislativo del presidente, quien atacó las autonomías de organismos como la CRE.

El subgobernador del Banco de México le dijo algo tan simple como que no hay autonomías buenas y autonomías malas. Mensaje muy oportuno por si algún día el propio banco central pasa a la lista de los estorbos presidenciales.

Y esto lo afirmó el economista en un intercambio de tuits con el presidente de la mesa directiva del Senado. Antes de que el propio presidente López Obrador afirmara, desde la tribuna de sus conferencias mañaneras, que los órganos autónomos son una farsa.

Y por favor, que no vayan a enderezar sus baterías en contra de Esquivel, porque si alguien es congruente con sus pensamientos es este economista. Ya veremos pasado mañana las minutas para leerlo entre líneas.

Las autonomías previenen precisamente las visiones totalitarias. Pero no están exentas de los ataques del poder. Y más cuando el poder es de tales dimensiones.

La andanada en contra del presidente de la CRE, Guillermo García Alcocer, con todo y despliegue de investigación, es una radiografía perfecta del ejercicio del poder. La autonomía estorba para regresar a los modelos de mediados del siglo pasado en la Comisión Federal de Electricidad, perfectamente compatibles con Manuel Bartlett.

No sólo es evidente el uso del poder para atacar a un regulador autónomo, sino que es un instrumento para anular de facto su poder de actuación.

Tan simple como hacer extensiva la amenaza en contra de cualquier empresa privada que reciba el visto bueno de la CRE para hacer negocios energéticos. Inmediatamente se convierte en sospechosa de ser corrupta. Es un autogolpe a la confianza del sector privado.

El embate presupuestal en contra de los organismos autónomos está en marcha. Y cuando no alcance, queda la vía judicial disponible.

Así, si un día no gusta la medición del Producto Interno Bruto, que se cuide el Inegi. Si la inflación lleva a tomar medidas monetarias más firmes, ya vendrá la andanada al banco central. Si una recomendación de Derechos Humanos incomoda en Palacio Nacional, le tocará a la CNDH. No hay duda.

García Alcocer enfrenta hoy toda la fuerza del Estado, por sus críticas al actuar del gobierno federal, pero es el botón de muestra del modelo que siempre supimos que se implementaría en este régimen y que se sintetizaba muy bien en aquella frase de “al diablo con las instituciones”.