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La inflación general está en los altares del gobierno federal y la presume como uno de los grandes logros de la estabilidad macroeconómica que tanto trabajo ha costado.

Y tienen razón, 2.74% del Índice Nacional de Precios al Consumidor es un nivel tan bajo que nunca lo habíamos tenido. Es motivo de satisfacción para un país que ha conocido los niveles de la hiperinflación de los 80.

Hace no muchos años nos sentíamos complacidos de lograr un índice inflacionario inferior a 3% mensual y lo veíamos como un avance.

También hay que decir que la inflación baja es una tenencia mundial derivada de la estabilidad de precios de los alimentos, de la baja en los de los energéticos y de la indeseable baja en la demanda de muchos productos debido a la baja actividad económica global.

La recuperación económica podría generar aumentos en las presiones inflacionarias y dependerá de cada economía si tiene la posibilidad o no de tener inflaciones bajas.

Pero a pesar de gozar del dato históricamente más bajo de la inflación, también tenemos ya a la vista evidencias concretas del efecto de la depreciación del peso frente al dólar.

Es obvio que busquemos ese impacto en sectores tan sensibles como el automotriz, y efectivamente ahí están los efectos. Por ejemplo, en esa actividad del sector industrial tienen ya una inflación anual de 12% que no tarda en reflejarse en los consumidores finales.

También podemos ver la fabricación de equipos de computación, comunicación, medición y otros aparatos electrónicos tienen ya una inflación anual de 13 por ciento. Y aquí cabe cualquier cantidad de artículos de uso cotidiano. En muchos de ellos ya se nota el aumento en sus precios, pero como se tienen que ponderar junto con los jitomates y las gasolinas, todavía no se notan en la inflación general.

Pero el impacto de la depreciación ya llegó al vaso del café matutino, ése que se pide como letanía de posada y que se vende en auténticas boutiques; ése ya subió de precio el pasado fin de semana.

Todas las cadenas de restaurantes que deben pagar regalías a las matrices en el extranjero, y cuya mayor parte de los ingredientes de sus recetas son importados, ya están subiendo sus precios.

Es un hecho que, ante falta de demanda, muchos comerciantes prefieren no aumentar sus precios para no perder clientela. Entonces se ajustan en el número de empleados, en la calidad de sus ingredientes o de sus componentes y no falta quien acepte tener utilidades inferiores para mantener el negocio.

Ya hay pues evidencias en las mediciones inflacionarias del Inegi de que la depreciación ya está afectando la inflación y que no está lejos de pegar el brinco de los precios al productor a los precios al consumidor.

Lo que sigue es que las autoridades monetarias pongan en la balanza qué le puede hacer más daño al desempeño económico mexicano: el dólar tan caro o el adelantarse a la política monetaria de Estados Unidos y subir el costo del peso para quitar ese componente especulativo donde sale barato pedir prestado en pesos y por lo tanto eso alimenta la especulación en contra de la misma moneda.

Ya saben: eso sólo lo deciden los que despachan desde una de las sillas de la junta de gobierno del Banco de México.