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Mucho se ha hablado de “la tormenta perfecta” que asola al mundo, la causada por el coronavirus y la que generó la guerra del petróleo; entre las dos pusieron en problemas a casi todos los países, al grado de que se adelanta una fuerte recesión mundial este año. En México será peor; nos agarró después de un mal año y de problemas en el sistema de salud, así que las perspectivas son pésimas.

Desglosemos. La primera de las tormentas podemos resumirla en los cierres de actividades en muchos países debido al miedo de los ciudadanos a contagiarse por un virus desconocido. Ese miedo se genera a pesar de que racionalmente su letalidad es baja. Menos de 10,000 muertos en el mundo en tres meses cuando en ese tiempo tenemos muchos más muertos por diabetes, infartos o atropellados. Sin embargo, la facilidad de contagio y la falta de capacidad de los sistemas de salud para atender a todos genera ese miedo. El caso es que los cierres de frontera, las emergencias, los llamados a quedarse en casa, etcétera, colapsaron la economía.

La segunda tormenta es la más grave, la tormenta económica, esa tormenta que hará quebrar empresas, perder empleos, endeudará familias y afectará a países enteros en sus planes, uno de los cuales parece inminente que será México. Ya hay afectaciones directas a industrias como turismo, con la cancelación de vuelos, los restaurantes con la gente quedándose en casa, y al afectar sólo esas dos ramas de la economía se afecta a miles de trabajadores que dependen de ellas, y esto apenas empieza. La tormenta sólo está anunciada; su fuerza está por sentirse en los próximos meses e incluso años.

Pero si piensan que no nos puede pasar nada peor se equivocan. Si además de las condiciones que nos esperan se nos viene una crisis política, el país se paralizará y las expectativas serán aún peores, por ello:

Cuiden al presidente
No es la primera vez que lo pido. La primera fue cuando anunció que nadie lo cuidaría porque “el pueblo lo cuida”; después, cuando no sólo se ponía en riesgo su integridad con los jaloneos y empujones, sino que las comitivas de autos sufrieron accidentes con los periodistas de la fuente; reportaron que el vehículo del presidente viaja a gran velocidad aun por caminos poco seguros, y ahora con el coronavirus, donde vemos lo que pasa en el mundo y nos enteramos de los cuidados que tenemos que tener. Cuando el mismo gobierno nos pide que evitemos los contagios con protocolos estrictos al saludar, al lavarse o al usar gel, vemos un presidente despreocupado cayendo en lo absurdo, desestimando la enfermedad en el mismo acto donde nos presentan sus riesgos, saludando y besando a asistentes de actos masivos; un presidente que en plan chusco o serio (vaya usted a saber) nos dice que su escudo contra la enfermedad es “la honestidad” y unos escapularios. ¡No jueguen! La pandemia no es un juego, no es ni siquiera parecida a la del H1N1 y Andrés Manuel López Obrador no es cualquier persona, es el presidente de México, la decisión de cuidarse no debería estar en sus manos. Si él no tiene miedo de enfermarse o morirse, nosotros sí debemos tener miedo de que eso le pase.

En cierto momento lo escuchamos decir “respeto lo que dicen los científicos. Si ellos me dicen que me tengo que hacer el examen me lo hago, y si me dicen que tengo que cuidarme, lo hago” (algo así), y en ese mismo acto el subsecretario de Salud nos dijo otra frase que marcará estas fechas, que su fuerza no era de contagio sino moral y que incluso sería positivo que se contagiara porque se recuperaría inmediatamente. ¿En serio? A mí no me tranquilizó; al contrario, creo que el presidente debería hacerse el examen ya y volvérselo a hacer cada tres o cuatro días. Insisto, es el presidente, no cualquier persona. Es un tema de seguridad nacional.