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El gobierno de la señora presidenta con A de Patria ha iniciado lo que puede ser el mayor viraje en la política mexicana, en más de un aspecto: ha anunciado la formación de una comisión de expertos, para que estudien la viabilidad y las ventajas de aprobar en México el uso de una tecnología, ya usada en otros países, y que se llama con la palabra del inglés fracking, para ser autosuficientes en el consumo de gas.

Estrictamente fracking quiere decir fractura hidráulica. Más claramente, así se llama un procedimiento de extracción de petróleo y gas de las piedras, rompiéndolas con agua a muy alta presión para liberar los hidrocarburos que ocultan.

El petróleo y gas que así se obtiene se le llama en inglés shale, y en español gas o petróleo de lutitas o de esquistos. Yo, para entenderlo fácilmente, prefiero a los que le llaman gas de pizarra.

El viraje político de la señora Sheinbaum tiene que ver principalmente con la postura firme y mantenida de su antecesor y notorio padrino. Desde su campaña rumbo a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador se pronunció con firmeza en múltiples ocasiones en contra de esa tecnología. Su argumento era simple: sí, vamos a obtener gas, pero nos vamos a quedar sin agua. “Lo que diga mi dedito”, llegó a decir.

El 5 de febrero de 2024, Andrés Manuel envió una iniciativa para reformar el artículo 27 de la Constitución, que establece los bienes de la Nación y su uso, para que la Constitución expresamente prohibiera el uso del fracking. En agosto de ese año se aprobó la iniciativa en comisiones, pero en el 2025 fue desechada en el pleno, porque entonces Morena no tenía la aplanadora de hoy para reformas constitucionales.

Además de marcar un diferendo serio de la señora Sheinbaum con su antecesor y gran gurú del cuatrote, la intención presidencial se distingue por rechazar, de entrada, las objeciones que abundan entre expertos, aunque existan en el mundo más de un millón de pozos petroleros que usan esa técnica.

Antes de abordar las objeciones, me refiero a una experiencia digna de tomar en cuenta.

En la provincia argentina de Neuquén, existe en 30 mil kilómetros cuadrados la explotación de petróleo y gas llamada Vaca Muerta, en donde se usa el fracking desde 2011, aunque los yacimientos se exploraban desde 1931.

Hoy en día, Vaca Muerta es la espina dorsal de la energía de Argentina: con 4,400 pozos, le entrega el 70% del petróleo que consume y el 50% del gas. Su producción es de 600 mil barriles de petróleo shale al día; su meta es un millón de barriles, pero ya en febrero de este año le rasguñaron la barriga de los 875 mil diarios. México importa más del 50% de los combustibles que quema y el 73% del gas que necesita.

Si ha comparado estos, u otros números igual de dramáticos, la señora presidenta con A de Patria debe haber sentido sonar en sus oídos una de sus palabras favoritas: soberanía. Lo cual es sumamente loable en energéticos; y solo hay que esperar que en un par de meses el comité de expertos le dé su opinión. Y puede que sea favorable.

Esa opinión no puede omitir, sin embargo, datos duros: en primer lugar los peligros que López Obrador advirtió: el enorme consumo de agua que el fracking requiere y la contaminación que implica. La posible liberación imprevisible de metano. No hay que olvidar el riesgo sísmico al que la perforación de miles de pozos induce. ¿El costo? Un estimado de cincuenta mil millones de dólares, para que el nuevo sistema de producción rinda resultados en un plazo de entre diez y veinte años.

Esos son los datos de nuestra Vaca Muerta. Las cartas están sobre la mesa.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Todo parece indicar que la paz en Medio Oriente tiene desde siempre una sola llave: Tel Aviv. Sin la aquiescencia de Netanyahu, que no es fácil de obtener, seguiremos viendo las mismas imágenes de destrucción y tristeza, a ambos lados de los múltiples frentes.

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