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Dando clases de economía, así abrió su discurso en Davos el Presidente de Estados Unidos.

Crecimiento sin inflación, al menos eso fue lo que presumió Donald Trump, para después rematar con su equivalente del “tengan para que aprendan”.

Sabemos muy bien en México lo que implica el mundo de “los otros datos”, y cómo las estadísticas pueden decir cualquier cosa, sea verdad o no.

No se puede negar que la economía estadounidense muestra una resiliencia inesperada, en medio de una avalancha de incertidumbre creada por el propio Presidente de ese país.

La revisión del Producto Interno Bruto (PIB) del tercer trimestre de la economía estadounidense reveló una tasa de crecimiento de 4.4% anualizado, con una velocidad que no se había visto en por lo menos dos años.

Y dentro de todo lo que se puede considerar como el motor de ese crecimiento, como por ejemplo el auge de la Inteligencia Artificial (IA), el gasto adelantado por las expectativas que genera la aplicación de aranceles y hasta la desregulación y el gasto público, hay, también un robusto gasto del consumidor.

Y es aquí donde empiezan los matices importantes de la calidad del crecimiento de la economía de Estados Unidos.

Con esos datos disponibles del tercer trimestre, resulta que el gasto del consumidor tuvo un repunte de 3.5 por ciento. Sin embargo, en el detalle, ahí donde está el diablo, hay que ver que el gasto en servicios de salud, con todas las modificaciones republicanas en ese tema, aumentó 3.6%, contra un aumento de 3.0% en la adquisición de mercancías.

Y en los bienes durables el incremento es de apenas 1.6%, mientras que la inversión empresarial, sin construcción de casas habitación, deja ver un crecimiento de 3.2%, por esas importantes inversiones en IA para la mejora de sus procesos industriales.

Hay muchos muy contentos con estos datos económicos, empezando por Donald Trump, pero para el ciudadano que recorre los pasillos del supermercado, el PIB es un concepto abstracto que no paga las cuentas.

El brillo económico que presume Trump no deslumbra a millones de personas de ingresos medios y bajos que se asfixian con un incremento constante de los precios y con un mercado laboral estancado.

Los aranceles que el Presidente republicano ha disparado literalmente contra todo el mundo llegan prácticamente sin escalas a los estantes de los ciudadanos de Estados Unidos, hasta 96% del costo de esas tarifas recae directamente en los consumidores.

Los niveles de inversión financiera no tienen peros, la IA crece viento en popa, pero la economía de carne y hueso no lo vive igual.

Más allá, claro, de aquellos que han aumentado su poder adquisitivo de forma exponencial y que consumen a manos llenas, porque son un puñado. Porque las mayorías cada vez encuentran más difícil llegar a fin de mes y no encuentran trabajo.

El mercado laboral estadounidense ha agregado en promedio, desde marzo pasado, 28,000 empleos al mes, totalmente insuficientes. Y aunque la tasa de despidos es baja, la población en edad de trabajar aumenta.

Así es como el triunfalismo de Trump se topa con esa pared de cristal de un crecimiento de las cúpulas que se diluye antes de llegar los hogares y de una economía que crece por la inercia tecnológica.