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Solo hay un remedio democrático contra la tentación populista: el desarrollo mismo, la modernización, lo cual incluye:

Por un lado, democracias que funcionen. Por otro lado, economías que funcionen. Por un último lado, estados que redistribuyan el ingreso y reparen los daños de las grandes transformaciones que generan riqueza pero también desplazan trabajos, empresas, oficios, viejos derechos y antigua productividad.

Para vencer la tentación populista, la modernización en curso ha de ser incluyente y transparente. Nuestra democracia ha de ser creíble y representativa. Nuestro gobierno ha de ser eficaz. Nuestra cultura clientelar, nuestro “populismo institucional”, ha de ser servido con la construcción de un verdadero estado de bienestar.

Ninguna de esas cosas se conseguirá sin la gran asignatura pendiente de la modernización mexicana que es el gobierno de la ley, la aplicación de la ley, la igualdad ante la ley, la vigencia de la ley.

En ningún orden es tan clara esta ausencia como en el de la seguridad pública, que el Estado no puede garantizar.

Pero la debilidad del gobierno legal, el gobierno semilegal, el semiestado de derecho en que vivimos, toca todos los órdenes de nuestra vida pública.

Esta es la tarea histórica de gobernantes y gobernados de México: someterse a la ley: liberarse obedeciendo la ley.

¿Liberarse de qué? De la desconfianza que guía nuestras relaciones y nuestros tratos, De los privilegios que nos perjudican todos los días. De la injusticia que golpea nuestro sentido de la justicia. Del abuso pequeño o grande de nuestras autoridades, grandes o pequeñas. Del abuso, pequeño o grande, de nuestros grandes y pequeños poderosos, privados o públicos.

Y de la inseguridad que golpea nuestra seguridad en todos sus órdenes: seguridad física, seguridad jurídica, seguridad patrimonial.

El imperio de la ley es algo que depende en primera instancia de la autoridad, pero depende también de los ciudadanos.

Es un camino de ida y vuelta. La gran reforma moral que México necesita tiene como referente y como termómetro público el respeto de la ley.

Que este ideal suene abstracto e ilusorio no es, a su vez, sino un termómetro del tamaño del hoyo de modernidad inconclusa en que estamos.

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