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Christine Lagarde llegó a la dirección del Fondo Monetario Internacional (FMI) después de que su compatriota Dominique Strauss-Kahn cayera en desgracia, presa de sus bajos instintos.

Es la fecha en que queda la duda si DSK, como mejor se le conoce, fue víctima de una trampa, con tal de eliminarlo de la carrera presidencial de Francia.

No era difícil creer las acusaciones de la camarera afroamericana que lo señaló de abuso sexual, porque este personaje ya tenía antecedentes de conductas similares. Como sea, el costo mayor fue para el FMI, que perdió la cabeza en pleno proceso de recuperación de la economía mundial tras la gran recesión del 2008.

A DSK le tocó todo el proceso de caída y salida de la primera gran crisis económico-financiera global desde los años 30 del siglo pasado y su papel fue más que decoroso. Tanto que se ganó la posibilidad de buscar la Presidencia francesa.

Tras su salida, el FMI mantuvo sus funciones sin alteración alguna. Sin embargo, hacía falta una nueva cabeza para ese organismo en pleno vuelo turbulento por la crisis.

Quizá en otro momento los europeos no habían puesto tanta objeción a que un no europeo encabezara el FMI, pero en pleno rescate de economías como la griega o portuguesa, la presión de la Unión Europea fue mayúscula. Muy en especial Angela Merkel, canciller alemana, fue quien más cabildeó para dejar en manos de alguien de su continente los destinos del fondo. Al final, Estados Unidos se alineó con esa exigencia.

Ya desde entonces a Christine Lagarde la perseguía la acusación que hoy regresa con tanta fuerza a los titulares. Esta abogada había sido, entre otras cosas, ministra de Finanzas e Industria en tiempos de Nicolás Sarkozy, y en ese paso por el gobierno la señalan de haber favorecido fiscalmente al empresario Bernard Tapie, patrocinador del propio Sarkozy.

El señalamiento de ser responsable de corrupción estuvo a punto de costarle la nominación a la dirigencia del FMI, pero la falta de una acusación formal permitió aplicar el sano principio de no culpar a nadie hasta que no se demostrara lo contrario.

Se podrían encontrar muchas razones políticas para este procedimiento judicial, pero lo cierto es que la justicia francesa no se tocó el corazón con el ex presidente Sarkozy y no lo harán con madame Lagarde.

Si prospera y escala la acusación por negligencia en contra de Christine Lagarde podría verse forzada a separarse de sus funciones al frente del Fondo Monetario Internacional.

Si se llegara a abrir otro proceso de sucesión forzada podría la Unión Europea, en especial Alemania, renunciar a su visión eurocentrista para el control del FMI.

Nuevamente se abriría la discusión y la presión de las naciones emergentes, en especial los chinos, para incluir a estos países en la toma de decisiones.

Y esta sería una alternativa para que algún experto en finanzas con reconocimiento mundial, no europeo, pudiera acceder a encabezar el FMI.

La labor de Christine Lagarde al frente del Fondo Monetario Internacional ha sido reconocida de manera generalizada, su liderazgo es claro y sus estrategias han funcionado aceptablemente. Sin embargo, los franceses tienen sus propios intereses.

Si todo se complica, será inevitable escuchar de nuevo el nombre del segundo lugar en la carrera por la dirigencia del Fondo Monetario Internacional. ¿Recuerda usted quién fue? Sí, Agustín Carstens Carstens.