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La receta habla de tapar los grandes canales de evasión fiscal, sobre todo en materia del Impuesto al Valor Agregado.

No son muchas las ventanas políticas que existen para llevar a cabo una reforma fiscal que aumente la recaudación. Porque ese tipo de cambios nunca habrán de gustar a nadie precisamente por su carácter de ser cobros de impuestos.

En México se dice que prácticamente la única oportunidad que tiene un gobierno es al inicio de la administración, justo cuando está presente una mayoría que los haya llevado al poder y existe solamente expectativa de resultados sin un trabajo previo que calificar.

Este gobierno ciertamente aprovechó ese momento para hacer cambios muy importantes. Las reformas educativa, en telecomunicaciones y energética fueron resultado de ese cambio de régimen de un gobierno que no tenía una evaluación previa.

Se hizo un cambio fiscal que fue, en términos beisboleros, un fly de sacrificio al jardín izquierdo. Fue la manera de echarse a la bolsa a los partidos opositores que se ubican como izquierda, básicamente al perredismo, que solía ser el más influyente en ese momento.

Fue el pavimento para el gran cambio energético que fue muy trascendente en el papel, pero que en su implementación se ha topado con la mala suerte de la coyuntura. Pero ya dará resultados, no me queda duda.

La reforma fiscal fue, junto con la reforma educativa, producto del trabajo del gobierno federal con la izquierda perredista dentro del llamado Pacto por México.

La mal llamada reforma fiscal fue un puntapié para los sectores privados habitualmente capturados por el fisco. Ahí se recargó el aumento de los ingresos tributarios que ciertamente han sacado de muchos problemas al gobierno federal.

Uno de los grandes salvavidas de un gobierno que planea un presupuesto estimando barriles de petróleo a 79 dólares pero que los cobra a 40 es precisamente ese recargón fiscal sobre los agentes privados cautivos.

Qué tan importante es esa contribución fiscal diseñada y aprobada durante el 2013, y aplicada a partir del 2014, que es la fecha en que se han ahorrado el recorte al gasto público prometido desde enero pasado.

El propio gobierno federal se cerró la puerta a cualquier cambio fiscal con un pacto autista de no modificación fiscal, pensado, redactado, firmado y aplaudido sólo por el propio gobierno federal.

Es evidente que ni el Ejecutivo ni el Legislativo tienen las condiciones políticas para hacer un cambio en materia tributaria y salir bien librados de ello.

Sin embargo, es evidente que ante la caída en la actividad económica la receta habla de tapar los grandes canales de evasión fiscal que existen, sobre todo en materia del Impuesto al Valor Agregado y dejar margen de maniobra a millones de agentes económicos en el sector privado para que gasten e inviertan en esta economía.

El hecho de que esa posibilidad esté totalmente cancelada no significa que no haya que destacar la necesidad de ese gran cambio estructural pendiente en la economía mexicana.

La única posibilidad que existe de que algo así suceda durante el presente gobierno es que se toque suelo en la desaceleración económica y se vea esa salida para levantar el vuelo. Pero eso tampoco, afortunadamente, parece ser un escenario previsible para la economía mexicana.