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Un poema de Leonardo Ferrera

En 2024, 38.5 millones de mexicanos fueron clasificados como pobres, 8.3 millones menos que en 2022. La cifra parece alentadora, sin embargo, detrás del dato se esconde una realidad incómoda: millones de personas siguen sin acceso a salud, educación, vivienda, seguridad y empleos formales. Se contabilizan menos pobres por ingreso, pero no más ciudadanos con condiciones de vida digna.

La paradoja del ingreso y el consumo entre 2024 y 2025 es una señal de que el destino económico ha comenzado a alcanzarnos. El consumo de los hogares cayó incluso entre quienes recibieron apoyos. El Banco de México advierte sobre el freno en el empleo formal y la moderación de los salarios. El ingreso nominal se esfuma frente a la inflación en alimentos, los costos de servicios básicos, la caída de remesas y el deterioro del sistema de salud, que obliga a un gasto de bolsillo.

La política social se concentra en los adultos mayores, cuya pensión absorbe más de la mitad del presupuesto. Representa un avance en protección, pero no en movilidad social. Jóvenes y trabajadores en edad productiva, con mayor propensión a consumir e invertir en su futuro, quedan relegados.

Las remesas, motor de consumo, cayeron más de 5% en el primer semestre de 2025 y hasta 16% en junio. La apreciación del peso redujo su valor, golpeando sobre todo a los zonas más pobres. La contracción tuvo un efecto inmediato en hogares que destinaban esos recursos a alimentación y salud.

A la par, la incertidumbre y falta de Estado de derecho limitan el dinamismo de la inversión privada. El crédito caro y restringido limita el gasto de las familias, mientras que la inflación en alimentos presiona presupuestos. El resultado es un país con menos pobres en el papel, pero con millones de mexicanos sin la posibilidad real de acceder a mejores condiciones de vida.

La reducción de la pobreza no puede descansar únicamente en transferencias o salarios mínimos más altos. Se requiere ampliar las oportunidades de empleo formal, fortalecer servicios públicos de calidad y orientar el gasto social de manera que impulse la movilidad social sostenida. De lo contrario, la estadística mostrará menos pobreza, pero la experiencia cotidiana seguirá revelando la persistencia de la carencia.