Las redes sociales son una gran oportunidad para establecer comunicaciones prontas y eficientes en situaciones de crisis pero, como cualquier canal de comunicación también representan riesgos sobre todo por su carácter público, de ser espacios abiertos.

De igual manera, las redes sociales no son espacios en que las reglas se respeten por lo que los límites entre libertad y libertinaje no están claros. Peor aún, que sean medios para la proliferación de comunicaciones relacionadas con los delitos.

Las redes sociales son, al final de todo, un brazo o extensión a través de las cuales se expresa la condición humana, sus virtudes pero también sus vicios. Se manifiesta la discusión fundada pero también la trivialidad que se convierte en tendencias fugaces pero de alto impacto (trending topics).

WhatsApp ha venido a ser en los últimos años una de las redes sociales privadas, pero al final públicas, de gran uso para las comunicaciones personales y empresariales, sobre todo en la formación de grupos que permiten una comunicación en tiempo real y sin fronteras. Es la evolución del sistema de mensajes cortos pero en forma de conversaciones inmediatas a través del uso de redes telefónicas e internet.

En casos de crisis es una de las mejores herramientas de bajo costo y rapidez en las comunicaciones para mantener integrados a los grupos de gestión.

En los ámbitos familiar y social es una vía de integración a distancia aunque también de alejamiento de quienes están cerca. Esto porque cada vez es más frecuente observar grupos de personas que platican poco cuando están juntas porque están ocupadas escribiendo a quienes están lejos. Las aberraciones de estos medios.

En Brasil, WhatsApp ha sido prohibido por una orden judicial –aunque esta no se ha cumplido por las implicaciones comercial y financieras que representa- bajo el sustento de que ni la empresa ni las telefónicas obedecieron ordenamientos para suspender el uso de la aplicación de manera temporal, debido a que ha proliferado su uso para la difusión de fotografías en las que aparecen niños en actos sexuales, con fines de pornografía infantil y pederastas.

El caso ha subido de tono. The New York Times ha tomado el asunto y algunos medios internacionales observan que la decisión judicial poco tiene que ver con las razones de una supuesta intención de detener la pornografía infantil. Lo observan como una decisión de frenar el posible uso de WhatsApp como una forma de desencadenar toda una campaña en contra de la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, en las postrimerías de una convocatoria a marchas y manifestaciones en contra de su gobierno y en rechazo a los escándalos de corrupción en Petrobras. Esto ocurriría a mediados de este mes de marzo.

Fue el 19 de febrero pasado cuando se habría comunicado a los operadores que suspendieran y bloquearan los accesos a WhatsApp.net y WhatsApp.com pero no hicieron caso por las fuertes pérdidas que implicaría no sólo para las empresas sino para los usuarios que, en particular, usan la aplicación para fines personales y profesionales.

O Globo, el diario que pertenece a una de las más importantes cadenas de medios masivos de comunicación en Brasil, advirtió que la resolución judicial “podría sentar un nuevo precedente a nivel mundial ya que permitiría determinar a los gobiernos qué se puede compartir a través de un mensajero instantáneo o de Internet y, con ello, abrir la puerta para que cualquier gobierno regule qué sí y qué no se puede enviar”.

El miedo no anda en burro, señala la vieja expresión popular. El temor a lo ocurrido en Egipto y en España donde las redes sociales jugaron un papel importante en las convocatorias masivas a la movilización social, pareciera estar en la prohibición de WhatsApp en Brasil. O al menos en el impacto en la percepción de que las cosas son más graves de lo que realmente está sucediendo.

Cierto –como ha escrito el Doctor Leopoldo Gómez en su columna- la movilización en redes sociales (especialmente en Twitter) no necesariamente está relacionada con la movilización física de personas en las calles. Pero es un riesgo latente que genera hechos en la percepción.

En México mismo lo observamos en las pasadas elecciones presidenciales y momentos posteriores en que grupos expertos en manejo de redes sociales opositores al gobierno alcanzaron a realizar alto ruido cibernético que no necesariamente estaba sustentado en la presencia física de manifestantes. Fueron golpes a la percepción.

Si en Brasil lo que se busca es cortar los canales de comunicación o controlarlos como forma de evitar la articulación social, lo que menos podrán es contener la percepción pública negativa. Y es aquí donde están los retos mayores de comunicación.

WhatsApp es una de las mejores herramientas de comunicación hoy en día de tiempo real, en todos los ámbitos. Es, pareciera que no, un elemento que contribuye a la productividad en el ámbito profesional.

Pretender su control o eliminación no sólo es coartar el derecho privado, sino tratar de huir y esconder las verdaderas causas que motivan el descontento, si es que en verdad se trata de suspender WhatsApp para aquietar el ruido social.

Ya en México ha habido tentaciones para regular las redes sociales, sobre todo de políticos que temen a la exposición pública masiva.

Hay que entender que WhatsApp como cualquier canal público se presta a todos los vicios. Pero estos deben ser combatidos de frente, no sólo quitando o tratando de controlar a los medios.

PostScriptum.- Financial Times ha sido el espacio en que el Presidente Enrique Peña Nieto aceptó una cruda realidad que pareciera habían querido desestimar: “En México hay una sensación de incredulidad y desconfianza… que obliga a reconsiderar el camino hacia dónde nos dirigimos”. Antes, el Secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray, reiteró al mismo diario que habría que trabajar para recuperar la confianza social. El tema no sólo será de incidir en la comunicación a través de promoción de imagen o lanzar mensajes positivos, sino de un intenso trabajo político y acercamientos con los diferentes liderazgos políticos, económicos y sociales. En los ámbitos de la gestión de crisis se denomina influenciar a los influenciadores. Largo trecho pero que es necesario para el país.