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Las protestas que se extienden por Asia, Europa y América son muestra de la inconformidad que caracteriza a nuestra era. Este estado de ánimo también se manifiesta en los movimientos antisistema que han puesto en jaque a la política tradicional en tantos países. Carencias y expectativas desafían a gobiernos sin capacidad para satisfacerlas.

Si en el siglo pasado los grandes partidos se disputaban el centro, hoy la apuesta es más bien por los extremos. Ahí es donde se puede conseguir una base de apoyo suficientemente amplia y sobradamente leal. En estos días, buscar el centro, donde los apoyos son menos comprometidos, no es necesariamente la mejor estrategia política.

Ahí está el caso de Donald Trump y el proceso de impeachment. Si bien el golpeteo ha sido incontenible, su popularidad no se ha desplomado. Pese a todas las evidencias reunidas, los republicanos siguen de su lado y le confirman una adhesión ciega. Con campos de batalla muy bien definidos, ya nada parece afectar al presidente.

La de Bolivia es una situación parecida. Según una encuesta en línea realizada por Consulta en ese país, con todo y la crisis, la mitad de los entrevistados tiene una opinión favorable de Evo Morales y de sus logros. Por ello, en este espacio, no descarté que Evo Morales pueda regresar reivindicado a Bolivia, tal como ocurrió con los peronistas en Argentina.

Desde esta perspectiva, la estrategia del presidente López Obrador de separarse de conservadores, neoliberales y demás adversarios —como él los llama—, cobra mucho sentido. La corrección política sugeriría que después de la elección, el candidato victorioso rechace la confrontación y busque la unidad. Sin embargo, en estos tiempos, un ejército de leales seguidores parece ser políticamente más efectivo que una popularidad más amplia, pero menos sólida, sobre todo si se plantea un gobierno de ruptura.

Al margen de los riesgos que supone para un país el desplazamiento hacia los extremos, frente al ánimo social que prevalece, este cálculo político tiene lógica si se trata de galvanizar apoyos, congelar posiciones y crear vínculos emotivos que perduren y trasciendan los resultados de la gestión gubernamental.