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El estreno del presidente, en su cargo, distó de lo que él dijo de sí mismo en su primer discurso: “no me importa la parafernalia del poder”.  En su arranque, imitó el rito de los presidentes anteriores, aunque los últimos siete fueron sus más antagónicos mandatarios neoliberales.

Así que se paseó en coche por la capital entre homenajes de muchedumbres, se presentó en la Cámara de Diputados y recibió la banda presidencial de manos de su antecesor, habló ante los legisladores y dignatarios extranjeros, quienes lo aplaudieron a gusto.

Y se dio un colorido baño de masas. Habló ante 120 mil en la principal plaza pública del país: el histórico Zócalo de la CDMX, donde, ante miles y miles, hasta se sometió a una purificación de chamanes pueblos indígenas y recibió un bastón de mando, como símbolo de liderazgo.

Para disgustarle “la parafernalia del poder”, aceptó bastante del besamanos tradicional, aunque acertó sinceramente al decir que “nada  material me interesa”: vistió traje ordinario, se movió en coche austero, hizo su primer vuelo presidencial en avión comercial como cualquiera…

Porque, más que la parafernalia, lo más importante del cambio de poderes fue justo la reafirmación del nuevo presidente como un chorro de esperanza para millones de mexicanos para poner fin a la corrupción y la impunidad que, para al menos 30 millones, son nuestros mayores males.

Entre esos millones, el presidente provoca una sensación de optimismo y esperanza al tambor batiente de “por el bien de todos, primero los pobres”, convenciéndolos de que todo el daño a México ha venido la deshonestidad de sus gobernantes y de una minoría rapaz.

Como sea, se queda corto en el concepto de corrupción e impunidad, ya que corrupción e impunidad no son únicamente la idea, tan generalizada, de que se trata de llevarse a casa montones de dinero público.

No: corrupción es también el estado en que han dejado la educación de tres generaciones de mexicanos el dominio mafioso de la CNTE y del SNTE en la impartición de clases del nivel primario y secundario en el país, infelizmente entre los niños de padres de menos recursos.

Están ausentes en el spin de la lucha contra la corrupción (pero son también corruptos) los dirigentes de la CNTE y la SNTE que son culpables de que México está en el lugar 48 de 65 países evaluados por la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias.

Son corruptos los sindicatos que han manejado el botín político y monetario de la educación pública, que son culpables de que en el reciente informe PISA (el examen internacional más reconocido) nuestros niños no aprobaron un solo examen de ciencias, lectura ni matemáticas.

He ahí un reto para el presidente…

Ensanchar el término “corrupción”.