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Esto que sigue son cifras que existen desde mucho antes de que inventáramos las estadísticas.

Juntos y separados, las bacterias y los virus han matado más seres humanos que todas las guerras juntas que hemos sufrido en la historia. Y eso que los humanos nos empeñamos hasta el día de hoy en corregir los macabros numeritos.

Porque resulta que las pandemias que conocemos no solamente nos matan: también nos quitan la vida. Que alguien me diga si su existencia hoy es igual a la que tenía antes de que conociéramos esa figura que se metió en nuestro quehacer de todos los días y que se llama Covid, y que no ha salido del todo; y tal vez nunca lo haga.

No conozco a una sola persona en cuya circunstancia no haya muerto por lo menos una persona por el Covid.

El año nuevo chino que se empataba con nuestro 2020 fue el año de la rata y terminó de entrar el 8 de febrero con grandes festejos rojo y oro como en toda Asia, en la ciudad de Wuhan, al centro de la China continental. Dice la conseja mundial, sin pruebas, que tres meses antes, en uno de sus mercados en los que se sacrifican y venden para consumo humano animales como el murciélago, que nosotros jamás comeríamos, apareció el virus luego bautizado como SARS-CoV-2 que con sus consecuencias nos metió en la mayor cuarentena que el mundo haya experimentado.

Hoy nos resistimos a admitirlo, pero parece que estamos a las puertas de una nueva pandemia. Nuevamente se trata de una grave enfermedad hemorrágica que afecta los pulmones, y que es causada por el hantavirus, cuyo portador es un animalito que se llama Oligoryzomys longicaudatus, que también es un roedor que, como su apellido lo indica, tiene la cola más larga que lo que su cuerpo mide. Es la cepa de los Andes del virus, y el Wuhan de nuestro tiempo es un pueblo que se llama Ushuaia, en la Patagonia que comparten Chile y Argentina. Y aquí comienza nuestra historia.

Una pareja de ornitólogos nederlandeses viejos y ricos, porque se necesita ser viejo y rico para andarle viendo a los pájaros de la Antártida sus hábitos, visitaron hace un par de meses el pueblo de Ushuaia, binoculares en ristre. Satisfecha su curiosidad subieron a un crucero en el barco MV Hondius, de bandera de Países Bajos (lo de Holanda ya no les gustó), y que zarpó el 1 de abril rumbo a las islas Canarias. 82 pasajeros y 59 tripulantes.

Para no hacer el cuento largo, el ornitólogo se murió del virus a los tres días a bordo, y pandió el cúnico.

Para el 8 de mayo ya van 8 casos confirmados de la enfermedad y tres muertos. Nadie quiso saber del crucero infame. Lo retuvieron flotando de lejecitos en Cabo Verde y hasta que Tenerife —en las Canarias— aceptó que desembarcara allá, tomó proa.

Las condiciones fueron severas: los 18 españoles que venían a bordo fueron, prácticamente envueltos en plástico, llevados a un hospital especializado en Madrid. Los otros, en igual empaque, fueron subidos a diferentes aviones especiales para llevarlos a sus países en donde los iban a internar en donde hagan menos daño. Con el enojo de los de Tenerife, que están que se los lleva la Gran Canaria.

Hasta ahí, todo sonaba bien.

Nada más que mientras los aceptaban allá o no, el barco se tropezó con la isla Santa Elena, en donde se bajó un par de docenas de pasajeros, entre ellos el cadáver del ornitólogo, que su mujer se lo llevó a los Países Bajos; al llegar, a ella le dio un colapso y también murió del virus de la rata.

No es para hacer bromas, pero los que se rajaron en Santa Elena y se fueron para su casa, aunque no estuvieran enfermos, pueden ser portadores del virus. Se fueron para su casa, con la posibilidad de dispersarlo, en Estados Unidos, Inglaterra, Países Bajos, Australia y Austria. Y amigos que les acompañan.

¡Ay nanita!

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Todavía le deben estar doliendo las orejas al secretario de Educación Delgado por el jalón que le dio su jefa a raíz de sus tres meses de hueva escolar por el Mundial y el calorón.

Todavía no remiendan ese entuerto.

Habrá que ver quién le va a jalar las orejas a la señora presidenta con A de mujer, que ya chingó con su semana laboral de cuarenta horas.

Pues ¿qué no entienden?

México necesita estudiar más, mejorar su miserable nivel educativo, con mayores exigencias y exámenes más severos para aprobar.

Nuestra industria necesita una mayor productividad de su trabajo, mejor pagado sí, pero no menos horas de laboro. Solo así podemos avanzar.

¿Será tan difícil entender eso?