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El dictamen técnico sobre la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) presentado por el próximo gobierno fue muy útil para todos.

Dejó ver que las actitudes de campaña continúan, que el presidente electo tiene un cuerpo de voceros con sueldos reducidos como secretarios de Estado y que los hechos importan poco frente a su contundente victoria electoral con 53% de los votos, donde lo que vale es su voluntad.

La decisión de continuar con la construcción del NAIM era una oportunidad única para López Obrador de mostrarse presidencial. Pero no, el ADN populista dejó ver un primer brote de todo lo que viene.

Las propias conclusiones técnicas de las dos opciones, mantener la actual construcción del NAIM o hacer dos pistas en la base aérea militar de Santa Lucía, eran razón suficiente para hacer ver al presidente electo como un ecuánime estadista que es capaz de asumir una decisión contraria a sus postulados de campaña por ser de interés común.

Tuvo en sus manos la oportunidad de asumir la responsabilidad de la construcción del NAIM, de corregir los vicios que se pudieran detectar y de agregar todo aquello que efectivamente le hace falta al proyecto como los temas de vialidades, desarrollo urbano, impacto ambiental, esquemas de mantenimiento. Incluso pudo haber cambiado el esquema de financiamiento y quedar como campeón.

Un NAIM plus, con el toque de López Obrador, habría catapultado la imagen del presidente electo entre aquellos sectores que se mantienen con dudas sobre un desempeño errático y populista de su Presidencia.

Porque es un hecho que las hordas que apoyan a López Obrador lo harán bajo cualquier circunstancia, haga lo correcto o no. Al menos durante algún tiempo.

Pudo haber tomado el ejemplo de aquel presidente de Estados Unidos, Bill Clinton. Cuando llegó a la Casa Blanca tuvo en sus manos el poder de ratificar o no el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Pudo haberlo desechado por ser un producto republicano, pudo haber hecho algo tan ridículo como una consulta entre gente que no tiene ni la más remota idea del tema. Pero lo que hizo fue mejorarlo con acuerdos paralelos que le dieron el toque demócrata al TLCAN y éste vivió. Clinton se llevó las palmas. Clinton se vio presidencial.

Quien más pierde con la consulta al pueblo bueno sobre mantener o no la construcción del NAIM es el propio presidente electo. Se mostró temeroso de asumir una responsabilidad, los detractores tienen hoy más razones para temer.

El proyecto genera ahora más retrasos que ponen nerviosos a los empresarios y a los mercados. Se tendrá que gastar mucho dinero para organizar la famosa consulta. Invalida argumentos técnicos irrefutables que hacen del NAIM la mejor alternativa.

Hace que muestre una veta autoritaria en la que se nota desprecio a un proyecto por ser paternidad del todavía presidente Enrique Peña Nieto, además que evidencia que busca consultar un proyecto viable con un avance de 30% en su construcción y no es capaz de poner a consulta aquel proyecto que sí parece un elefante blanco de construir un tren que le dé la vuelta al Mundo Maya, que tiene un costo superior a los 150,000 millones de pesos.

Una consulta al pueblo sabio provoca la posibilidad de tener que destinar 100,000 millones de pesos del presupuesto del próximo año para suspender e indemnizar la obra y para pagar estudios técnicos a modo para tratar de echar por tierra con sus expertos chilenos a los especialistas del Massachusetts Institute of Technology.

Pero sobre todo, Andrés Manuel López Obrador acaba de perder la oportunidad dorada de verse como un estadista, de verse presidencial.